martes, 7 de abril de 2026

A Little Learning

A Little Learning es el título que dio el escritor Evelyn Waugh a sus memorias, que empezó a escribir poco tiempo antes de fallecer inesperadamente por un infarto, un Domingo de Pascua —tal día como anteayer, tenga una feliz Pascua quien lea estas líneas— de hace sesenta años. Las memorias quedaron inconclusas y, tal vez por ello, la traducción que se publicó en español hace ya unos años lleva por título Una educación incompleta. Traigo a colación este título porque pienso, cada vez más, que estas semanas en Londres están siendo para mí a little learning, es decir, una pequeña educación, y no sólo en el sentido académico de la frase. Sigo yendo entre semana a las bibliotecas del King’s College y del Warburg Institute: la mayoría de las veces mi razón de ir allí no es consultar este o aquel libro, sino simplemente salir del lugar donde vivo, Netherhall, y encontrar un lugar con el ambiente adecuado para concentrarme y dar a mi jornada laboral un tono humanista. Pero, como digo, la educación de estos días la he encontrado en lugares inesperados, más allá de los muros de la ciudad de los libros.

El Big Ben, camino de la Catedral de Westminster

Quisiera mentar en primer lugar al cine. Estas últimas semanas he visto unas cuantas películas bastante buenas. El viernes o sábado por la noche la gente de Netherhall suele prestarse a ver una película, y he aprovechado esta disposición del público para proyectar en la casa películas buenas, aunque no demasiado “cafeteras” (esto es, no exclusivamente para cinéfilos de gafas redondeadas y bigote). Más que proponer yo el título, he tratado de indagar qué querían ver los interesados mediante conversaciones casuales en los desayunos u otros ratos de asueto. Así, por iniciativa de Pablo hemos visto la obra maestra Adiós muchachos; por impulso de Corrado, Master and Commander; por ideación de Pat, El club de los poetas muertos; gracias a Dave hemos visto Esencia de mujer, y, por último, por argucia de un servidor, el pasado Viernes Santo vimos De dioses y hombres, un título que venía al caso de la fecha. Ojalá siga la buena racha. De momento puedo decir que he disfrutado mucho de esta ristra de películas, y que me hacen caer en la cuenta —tras hablar con unos y con otros— de todo lo que puede dar una buena película. También fui al cine hace un par de semanas con Dave y Pat a ver la última película de Sorrentino: La Grazia. Estéticamente increíble, también las interpretaciones, aunque no me convence la reflexión que plantea de soslayo sobre la eutanasia: un poco facilona, pues la película trata en realidad de otros temas como son el envejecimiento, la soledad y la nostalgia por los que se han ido. Diríase que el cine no nos educa directamente, pero sí propicia encuentros y conversaciones que contribuyen a un crecimiento genuinamente humano.

Foto con el genuino Rach, al terminar el seminario del departamento

Y, ya que salen las conversaciones a la palestra, diré que estas semanas ha habido algunos encuentros memorables. A mediados de marzo asistí a un seminario organizado por el Departamento de Film Studies, al que pertenezco, y allí conocí a Rach, un estudiante de doctorado muy simpático con el que comparto algunos research interests, intereses de investigación, como dicen por aquí. Resulta que Rach está haciendo un doctorado sobre la capacidad del cine de revelarnos el mundo que tenemos alrededor, un tema que también yo abordé en mi tesis doctoral con autores como André Bazin y Stanley Cavell, a quienes él también estudia. Total, que hace unos días quedamos para tomar un café y seguir dándole a la manivela, y seguramente volvamos a quedar dentro de poco. Siguiendo con las conversaciones, unos días antes del Domingo de Ramos quedé con Ruben, agregado del Opus Dei como yo, a comer en Canary Wharf, una zona de Londres muy moderna y con un estilo urbano bastante similar a Nueva York. Ruben es un emprendedor que trabaja en uno de los altos edificios acristalados de la zona. Me llevó a su oficina, en un catorceavo piso, y me enseñó las imponentes vistas de la ciudad. Bonito, sí, pero me gusta más el estilo tradicional, elegante y un poco viejuno de Hampstead, el barrio donde vivo. También quedé a comer hace poco con Wency, a quien el lector veterano tal vez recuerde de mis crónicas londinenses de 2019, pues viví dos meses con él en su casa, situada en Hounslow West, es decir, donde el viento da la vuelta. Fue una gran alegría para los dos poder reencontrarnos.

Leyendo los capítulos de ¿Qué es filosofía? a contrarreloj

No puedo dejar de mencionar un encuentro nocturno en el que participé hace un par de semanas en la Catedral de Westminster, la católica. Dicho así, parece que voy a contar una historia de fantasmas. Jaime me había hablado de unos seminarios de lecturas filosóficas que Jack, profesor, y Father Hugh, un cura que trabaja en la catedral, organizan mensualmente. Esa semana iban a juntarse a debatir sobre los tres primeros capítulos del libro ¿Qué es filosofía?, escrito por el pensador alemán del siglo pasado Dietrich von Hildebrand. Qué apetecible, pensé: así que me lancé a leer los capítulos y fui animoso caminando desde Chancery Lane hasta la catedral —un buen paseo— con mi libreta de notas bajo el brazo. Fr Hugh nos recibió en un antiguo salón (decir antiguo tal vez sea poco) que está en las viviendas anejas a la catedral: una amplia habitación vetusta con moqueta, muebles centenarios, pinturas ennegrecidas por el tabaco y los años, y un solemne busto del cardenal Manning que nos miraba a todos con expresión etrusca. Tomamos unas pizzas y, ¡a debatir! Resultó una conversación bastante enriquecedora, si bien alguno se salió por la tangente con temas que nada tenían que ver con el libro. Antes de despedirnos tomamos unas copas de whisky a la salud de Jaime, que recientemente se había prometido a su novia. Este encuentro, al que espero volver, ha sido una pieza importante de la educación de estos días.

La iglesia del Oratorio, al término de la Vigilia Pascual

Entiendo que cualquier educación quedaría ciertamente incompleta si ignorase un sentido último de las cosas: esto me lleva a decir algo sobre la Semana Santa. Esta ha sido mi primera en Inglaterra, y no ha estado nada mal. Decidí acudir a las grandes celebraciones (Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santo, y la Vigilia Pascual del sábado) al mismo lugar: la iglesia del Oratorio en Brompton Road, South Kensington, sobre la que he hablado en una crónica anterior. La verdad es que estos buenos hombres del Oratorio saben hacer las cosas como nadie; me atrevería a decir que a veces parecen más papistas que el Papa, pero todo lo que hacen es con esmero e intención piadosa. Termino con un par de pinceladas sobre la Vigilia Pascual, que es la gran liturgia donde la Iglesia celebra, en la noche del sábado, la Resurrección del Señor. Aquello fue un espectáculo imponente, de caerse uno de espaldas: el coro, los ropajes de los celebrantes, la iluminación, la ornamentación del lugar, la armonía con que se desarrollaba la celebración. Para mí no sólo fue un espectáculo estético, sino la materialización de un sentido profundo, personal, que puede cambiar mi vida (la está cambiando) y la de muchos otros. ¡Qué maravilla, me quedé embobado! Beauty is truth, truth beauty, that is all ye know on earth, and all ye need to know; la belleza es verdad, la verdad belleza, eso es todo lo que sabes en este mundo, y todo lo que necesitas saber, escribió el poeta John Keats. Creo que el sentido de estas palabras puede aplicarse la Vigilia Pascual del sábado pasado en el Oratorio.

La casa de John Keats, en Hampstead, muy cerca de donde vivo

lunes, 16 de marzo de 2026

Transcendence for beginners

Transcendence for beginners, trascendencia para principiantes, es un libro que compré hace unos meses y he traído conmigo a Londres, con la esperanza de que pueda aportarme alguna idea sobre lo que he venido a investigar. La autora es Clare Carlisle, profesora de filosofía del King’s College, mi universidad de aquí. Cuento esto porque el lunes de la semana pasada acudí al número 18 de Lincoln’s Inn Fields, a una elegantísima casa en cuya planta superior hay un auditorio donde iba a tener lugar una conferencia de la profesora Carlisle relacionada con el libro mencionado. El encuentro lo organizaba una institución llamada Temenos, dedicada al estudio de las religiones. Los asistentes eran numerosos, casi todos por encima de cincuenta años, incluso de sesenta, diría; casi todos ellos anglosajones. Al comenzar el encuentro, el profesor encargado de la presentación encendió una vela junto al atril de la conferenciante, explicando que era propio de los encuentros de Temenos. Después siguió la conferencia de la profesora, que resumidamente trató sobre la experiencia religiosa vista desde el hinduismo, y sobre una especie de santo hindú de la primera mitad del siglo XX, Ramana Maharsi, quien se retiró a vivir a una cueva en el monte Arunachala cuando apenas tenía dieciséis años. Tras la conferencia hubo un turno largo de preguntas que, más que de académicos, parecían de un grupo de devotos de Ramana.

La catedral de Winchester

Al salir de la conferencia, Jaime, quien me acompañaba, y yo nos quedamos un rato comentando lo que acabábamos de presenciar. Yo le dije que lo de la vela no me había gustado un pelo, pues le daba a aquello un aire esotérico nada tranquilizador. Me dijo que a él tampoco. Luego, comentábamos, nos parecía llamativo que aquella gente tuviese semejante fascinación por la sabiduría hindú, y renegasen del cristianismo tachándolo de religión dogmática y autoritaria, o poco menos. Me vino a la memoria un breve texto de Chesterton que leí durante la carrera, titulado “El templo inacabado”, donde el autor explica que en muchos lugares el cristianismo ha quedado arrumbado, como un templo inacabado, es decir, como un proyecto a medias al que no se le ha permitido desarrollarse, y se piensa, algo ingenuamente, que lo que hay es todo lo que podía dar. No quiero juzgar a los asistentes a la conferencia, pero me dieron la impresión de ser personas de clase más bien alta, tal vez con una educación donde la religión había ocupado un lugar ínfimo: un protestantismo diluido, unas pocas costumbres y ya. Parece razonable, entonces, que miren hacia la India como la fuente genuina de la espiritualidad. Qué pena, pensé, quedarse con una religión donde las personas son como espejismos que han de fundirse en un único principio divino. Me quedo con la esperanza de mi fe: que la muerte no será el final, que todos resucitaremos, nos abrazaremos y nos contaremos cómo nos ha ido, y Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos.

Una tarde soleada en Hampstead Heath

Más allá de los hinduistas ricachones, puedo decir que el tema de la trascendencia se ha traducido en varias cosas de los últimos días. El martes de la semana anterior a la conferencia mencionada fui a otra conferencia, más estándar, organizada por el Instituto Tomístico (es decir, de santo Tomás de Aquino) en la sede de los jesuitas en Farm Street. El ponente era un venerable profesor del University College Dublin, Fran O'Rourke, que venía a hablarnos sobre la cuestión de la belleza en Aquino y en el escritor irlandés James Joyce. Como me dijo una vez una profesora de la carrera, no lo olvidaré, ¡eso sí que es mezclar churras con merinas! Pero, en el fondo, hay una relación, pues Joyce tuvo una sustanciosa formación tomística y, claro, siendo literato el tema de la belleza era de sus preferidos, como se puede apreciar en su novela Retrato del artista adolescente. Al terminar la sesión hubo una animada ronda de preguntas y, cuando el profesor estaba para salir del edificio, me acerqué a él para darle las gracias por la conferencia. Entonces, inesperadamente, se me acercó uno de los organizadores y me preguntó si quería ir a cenar con ellos, pues tenían un sitio libre. Acabamos el profesor O’Rourke y otros cuatro en un acogedor restaurante italiano de Mayfair, contándonos chascarrillos y pasando un buen rato. Le dije al profesor que me encantaba la película Dublineses de John Huston, basada en un relato de Joyce, y en especial la canción que se canta en ella, The Lass of Aughrim. Le dije que había escuchado muchas veces un vídeo de YouTube en el que dos señores interpretaban dicha canción, uno a la guitarra y el otro cantando. Cuál fue mi sorpresa, el profesor me dijo que él era uno de los dos, el que cantaba (dejo aquí el enlace).

Afternoon tea en Arlesford, cerca de Winchester

Cuando escribo estas líneas y pienso en la trascendencia, me vienen a la cabeza dos lugares que he visitado recientemente. El primero de ellos es la catedral de Winchester, una pequeña ciudad al sur de Inglaterra adonde fuimos de excursión Pablo, Stefano y yo hace dos fines de semana. Es sobrecogedor entrar en ese lugar y levantar la mirada hacia sus altísimas bóvedas, surcadas por incontables nervios, y ver la luz entrando por sus vidrieras. Tal sobrecogimiento había que asimilarlo de algún modo, así que después de la catedral paseamos hasta una colina próxima a la ciudad —St. Catherine’s Hill, con buenas vistas— y más tarde, cómo no, recalamos en un simpático pub (The Bishop on the Bridge, para más detalles) a degustar una meat pie con una buena pinta. También fuimos a saborear un afternoon tea al cabo de un rato. El segundo lugar que saco a la palestra es la iglesia a la que he acudido los últimos dos domingos, el primero de ellos con mi amigo Nacho, que pasó recientemente unos días en Londres: el Brompton Oratory. A mi pregunta sobre qué le había parecido la Misa, Nacho me respondió que le había encantado: “Muy mística”, me dijo. Digamos que los del Oratory sí que ofrecen una buena trascendencia para principiantes: la Misa solemne del domingo a las 11 es, casi casi, una demostración estética de la verdad del cristianismo.

El Brompton Oratory, a la salida de Misa de 11

Con Nacho en el balcón de la National Gallery

Fogata con los residentes de Netherhall el viernes pasado

La casa de Sigmund Freud, cerca de Netherhall, una mañana soleada

domingo, 1 de marzo de 2026

Kind hearts and coronets

Kind hearts are more tan coronets, and simple faith than Norman blood, los corazones afables son más que las coronas, y la fe sencilla más que la sangre normanda, dice un poema de Tennyson que dio título a una de las comedias más celebradas de los Ealing Studios, Kind Hearts and Coronets (aún no la he visto, pero me gustaría, aunque dicen que sólo la entienden los británicos). Estos versos me valen de percha para iniciar esta crónica donde, si algo puedo destacar, es la afabilidad de tantas personas que han poblado mis días, más que la sangre normanda (pues todavía no he conocido a ningún descendiente de William the Conqueror). Hace dos viernes tuve la suerte de cumplir treinta y seis años en estas islas, y no estuvo nada mal, he de decir.

Shaz, Tato y yo en una boulangerie de Hampstead

Aquel día, viernes, decidí que no iba a dar un palo al agua; es más, iba a dejarme sorprender por lo que me deparase el día. Después de ir a Misa, donde fui monaguillo, y de meterme un desayuno netherhalliano entre pecho y espalda, fui a la sala de estudio de la residencia universitaria y planté allí mi portátil, con el vano autoengaño de que iba a trabajar. Pero enseguida apareció Shaz, un pakistaní que vive conmigo y que es algo hiperactivo, diciendo que necesitaba un café. Le respondí que podía tomarme uno con él, y me salió con que —ya que era mi cumple— teníamos que ir a una buena cafetería de Hampstead. Dicho y hecho: fuimos a la Boulangerie Bon Matin, donde pedimos unos cafés bien aderezados de cosas, cuando llegó Tato, un viejo y querido amigo que habitualmente vive en Japón, pero que estaba pasando unos días en Netherhall. Para quien no le conozca, he de decir que Tato es la persona más animada y alegre que he conocido nunca: es incluso capaz de arrancarle una sonrisa a la camarera de una boulangerie de Hampstead, y así lo hizo. Se puso a cantar el cumpleaños feliz en el local y a jalearle al niño que teníamos al lado por el pedazo desayuno que se estaba zampando. Todo un prodigio. Completamos la mañana en Hampstead como los lugareños más posh, comprando unas flores para llevarle a la Virgen de Netherhall y una botella de buen vino para celebrar.

Guinness y fish and chips en Marlborough Arms

El resto del día fue también alegre. Quedé a comer con Jaime, a quien he mencionado en crónicas anteriores, en el pub Marlborough Arms, cerca de Russell Square, en el pintoresco barrio de Bloomsbury: allí brindamos con pintas de Guinness, y yo me incliné por un clásico y grasiento fish and chips, que estaba muy delicioso. Estuvimos charlando un rato y, después, fui a visitar a Javier, el hombre del que hablé en la anterior crónica, que pasa en casa sus últimos días a causa del cáncer (más bien semanas, pues es un hombre muy fuerte). El final de la tarde fue coronado por un repertorio de cervezas embotelladas de primer nivel (absténganse los que sólo les gustan las rubias) que Peter y yo habíamos comprado el día anterior en el Sainsbury’s cercano. En el festejo estaban los residentes de Netherhall más algunos numerarios del Opus Dei que habían acudido ese fin de semana a la residencia para una convivencia de formación. Hubo, pues, mucha cerveza, una tarta gigante con mucha nata y, why not, un toque de cultura: Andrew leyó un poema manuscrito en el que aparecíamos Father Nick —quien también cumplía ese día— y yo, y Simon tocó al piano algunas piezas del famoso Ludovico Einaudi. Como decía Tennyson, Kind hearts are more tan coronets, and simple faith than Norman blood.

Con Dionisio y Jaime frente a Merton College

Quise prolongar un día más la celebración, y el sábado propuse a los lugareños de Netherhall hacer una excursión en tren a Oxford. La convocatoria no tuvo excesivo éxito, pero al menos fuimos tres los oxonienses: Dionisio (un mexicano muy simpático a quien tomo el pelo llamándole Dionisio el Areopagita, como el gran sabio de la Antigüedad) y Jaime. Tren desde la estación de Marylebone hasta Oxford, muy cómodo, y allí no paramos de caminar: paseamos por los meadows próximos a Christ Church College, nos colamos en Merton College (cuya capilla, impresionante, estuvo proyectada para ser la catedral de Oxford, aunque el proyecto se frustró), y fuimos al Covered Market a tomarnos unos bocadillos de salchichas cumberland. Por la tarde quedamos a tomar algo caliente en The Grand Café, un lugar de lo más clásico y casposo de Oxford, en el mejor de los sentidos; allí se nos unió Víctor, un profesor veterano de Pamplona que suele pasar temporadas en esta ciudad, ya que es uno de los mayores expertos sobre la faz de la tierra en John Henry Newman (casi todo lo que se ha publicado de Newman en español lo ha traducido él). Haciendo gala de una singular afabilidad, mezcla de sequedad pamplonica y cortesía británica, Víctor nos metió en las tripas de Oriel College, así como en la Divinity School, de un gótico tardío despampanante. Siempre que voy a este lugar me gusta detenerme en la inscripción escrita en griego sobre un libro de piedra que hay la entrada, y que mi amigo Luis supo traducirme en una visita que hicimos en noviembre. Es de san Lucas: “lo encontraron sentado en medio de los doctores”. Yo también comparto la esperanza de que en medio del estudio llevado a cabo con la seriedad que merece uno llegue a encontrar a Cristo sentado.

"Lo encontraron sentado en medio de los doctores"

Remato esta crónica londinense con algunas pinceladas de otros acontecimientos destacables. El martes pasado quedé a comer con George, un inglés muy inglés de quien me hice amigo hace ya diez años en estas tierras, dada nuestra común pasión por el cine. Me hizo mucha ilusión ponernos al día y saber que está bien. También ha habido un poco de arte y belleza esta semana: fui con Mathieu a una conferencia sobre “Bach y la Belleza” en la biblioteca Senate House, muy interesante, y el sábado por la mañana acudí entusiasmado a la casa museo de Sir John Soane, un lugar tal vez poco conocido pero muy recomendable de visitar. El arquitecto Soane, uno de los más célebres en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, llenó su casa con una colección inmensa de pinturas, ruinas del mundo antiguo y buen gusto.

Comprando unas flores por el barrio

La impresionante capilla de Merton College

Adentrándonos con Víctor en Oriel College

En John Soane's Museum

La colección de John Soane

miércoles, 18 de febrero de 2026

Ash Wednesday

Escribo estas líneas un miércoles de ceniza, Ash Wednesday, y lo que más retengo en mi memoria de esta semana es la imagen de una habitación en el cuarto piso de una casa familiar donde un hombre está moribundo. Javier es un arquitecto español, numerario del Opus Dei, que ha pasado toda su vida en Inglaterra y, tras una larga enfermedad, está ya en sus últimos días. Desde Netherhall, la residencia universitaria donde vivo, vamos algunas tardes de dos en dos o de tres en tres, de cuatro a seis, a hacerle compañía. Gracias a Dios, y a pesar del cáncer, Javier conserva su buen humor. El otro día, cuando le dije que estábamos “montando guardia”, me dijo que esperaba que no estuviésemos “montando la gorda”. También el lunes pasado nos pusimos a hacer unos dibujos en una servilleta y, al preguntarle si él era bueno dibujando, me respondió sin pestañear: “¡Cojonudo!”. Otras veces nos dice que está muy cansado y nos echa de su habitación con cajas destempladas, porque está harto de nosotros, pero estoy seguro de que lo dice con la confianza que le da el cariño.

Fleet Street, junto a mi universidad, un soleado mediodía

Estas primeras líneas me llevan a contar algo más al atento lector sobre Netherhall, el lugar donde vivo. Es una residencia universitaria promovida por el Opus Dei e inaugurada por la Reina Madre allá por 1966, si no me bailan las fechas. Ahora mismo vivimos en la casa alrededor de treinta personas, algunas de ellas jóvenes profesionales y la mayoría universitarios de diferentes países que están estudiando la carrera en alguna universidad londinense. Los hay chinos, indios, pakistaníes, holandeses, italianos, ingleses, franceses, portugueses y, claro, unos cuantos españoles. Como uno puede suponer, nuestro medio de comunicación no es la lengua de signos, sino el inglés, aunque a falta de palabras uno siempre puede sacar las manos a pasear. He de decir que agradezco mucho cómo bulle la vida en este lugar, al que uno regresa cada tarde —después de unas cuantas horas solitarias en la biblioteca del King’s College o del Warburg Institute— con la ilusión de retomar conversaciones y preguntar al de al lado qué tal le ha ido el día.

El oratorio (capilla) de Netherhall, un lugar hermoso y recogido

También los desayunos son otro momento de encuentros, aunque algunos estemos aún saliendo del estado zombi y apenas seamos capaces de trabar una frase decente, no digamos si es en inglés. “No eres café hasta que no te has tomado tu persona”, le dije el otro día a Raphael, evocando un anuncio que estaba por Madrid en otoño, y le entró la risa. Pero a uno se le levanta el ánimo al comprobar que el desayuno sigue siendo una tradición de la que los anglos hacen gala: huevos pasados por agua, queso, jamón, tostadas, marmalade, cereales, yogures, y otras tantas delicias alegran las mesas por la mañana. Continuando con lo gastronómico —será que es miércoles de ceniza y sólo pienso en comida—, ayer por la noche fue Pat, de origen chino, quien llenó la mesa de la sala de estar con chucherías procedentes de su tierra: había que festejar en año nuevo chino, el año del caballo. Nos lo pasamos muy bien tratando de repetir alguna frase en esa lengua arcana, bebiendo milk tea, sea eso lo que sea, y comiendo dulces de lo más extraños, hechos con algas y tofu.

Me la hizo Jake, comparándome con un anuncio de barbería

No querría cerrar esta crónica londinense sin una nota artística. El sábado pasado decidí visitar otro museo —no sé si esto se convertirá en tradición, ojalá sí— y le llegó el turno a la Wallace Collection, situada cerca de Oxford Street y Spanish Place. Es un palacete noble que, creo recordar, fue embajada española tiempo atrás, y hoy alberga una colección de artes pictóricas y decorativas de primer nivel. Una vez más, fue el inquieto Mathieu, universitario holandés de mirada penetrante, quien me acompañó en mi aventura de la belleza. Visitamos en primer lugar un cuadro de Caravaggio, Amor vincit omnia, que ha venido por unos meses a la Wallace desde Berlín: lo tenían expuesto en el sótano, en una gran sala oscura donde sólo esta obra destacaba iluminada al fondo. Es una imagen algo provocativa, la de un cupido adolescente desnudo, con dos flechas en la mano y a sus pies una serie de objetos —coronas, instrumentos musicales, herramientas de construcción, una bola del mundo— que representan los afanes humanos que terminan por sucumbir a la fuerza de eros, sobre la que tan bellamente escribió Platón en su Banquete (me viene a la cabeza porque lo leo todos los años con los alumnos de filosofía). Después de Caravaggio nos dirigimos a la planta primera, que alberga la colección de pintura, y allí nos deleitamos contemplando a los holandeses del siglo XVII (Rembrandt, pero no sólo él) y a los españoles, pues hay unos cuantos Murillos en la colección. No es mala manera de empezar el fin de semana.

La obra maestra de Caravaggio

La sala grande de la Wallace Collection


domingo, 8 de febrero de 2026

Mars Attacks!

Hace dos días, el viernes por la noche, fui invitado por Jake a un cinefórum en el Oratorio de Londres, Brompton Road, en una casa —situada junto a la célebre iglesia neo-barroca— de techos altísimos, moqueta de un grosor desmedido y estanterías de libros polvorientos que llegan hasta arriba. En ese lugar tan noble y solemne iba a tener lugar una proyección casera de la película Mars Attacks!, dirigida por Tim Burton en los noventa, precedida por una cena compuesta por patatas de bolsa, un pastel salado de cebolla y maíz, mince pies y refrescos variados. Nos reímos mucho viendo la alocada película, parodia de las películas americanas sobre extraterrestres de los años cincuenta. He de decir también —lo digo con cariño, sin mala leche— que los jóvenes católicos que encontré en el lugar me parecieron singulares: educados, amables, con un sentido del humor marcadamente británico y una forma de vestir algo desfasada. Nadie es perfecto, como diría Billy Wilder. Cuento la anécdota como arranque de esta crónica londinense, pues jamás hubiera imaginado que a pocos días de llegar a esta ciudad iba a participar en un plan tan original.

El avión en el que viajé a Londres, en el aeropuerto de Barajas.

Aterricé hace sólo una semana en Londres, como los marcianos de la película, pero tengo la extraña sensación de que llevo aquí un periodo indefinido que podría oscilar entre uno y varios meses. Esto se debe, seguramente, a que es la quinta vez que vengo a Inglaterra a hacer una estancia larga, y todo tiene para mí un aire familiar, aunque cada día me trae experiencias nuevas. La razón de mi aventura londinense es una estancia de investigación en King’s College, una universidad en la que pasé dos veranos durante mi tesis doctoral, allá por 2017 y 2018, también investigando. Como en aquellos veranos, cuento con la supervisión de Catherine, profesora y vieja amiga, que me ha acogido en su universidad como Visiting Scholar, el nombre no suena nada mal. Mi entrada en King’s College, por así decir, fue al día siguiente de aterrizar: me dieron una lustrosa tarjeta donde pone Staff, personal, que me permitió pasar aquella misma tarde trabajando en la gran biblioteca universitaria, de estilo neogótico, la Maughan Library. Al entrar en aquel edificio y sentarme en una de sus mesas de color gris azulado tuve la impresión de volver al pasado, a los días en que escribía mi tesis y leía sobre el cine Terrence Malick. También sentí un cierto vértigo al pensar que he venido para estar seis meses, y no dos, como sucedía aquellos veranos.

Chancery Lane, la calle donde está la biblioteca de King's College.

A lo largo de esta primera semana se han sucedido una serie de encuentros tan agradables como sorprendentes, y por los que estoy muy agradecido. El martes quedé a comer con Jaime, un amigo a quien conozco de algunos encuentros en Madrid y en la Universidad de Navarra. Está estudiando un máster en el Warburg Institute, muy cerca de Russell Square, y me invitó a comer con él ese día. Iba yo tan contento al lugar cuando salió Jaime a recibirme, y lo primero que me preguntó es si había traído mi sándwich. Yo le dije que no, que pensaba que íbamos a comer a algún sitio; y entonces me acordé de que el concepto de lunch, comida, es bastante escurridizo en estas tierras de los anglos, y que nunca hay que dar por supuesto que la comida vaya a tener entidad alguna. Fuimos a un tenderete cercano donde unos simpáticos libaneses nos prepararon unos shawarma (algo similar a un burrito) bastante sabrosos, que nos comimos en una de las salas comunes del Warburg, mientras nos poníamos al día de nuestras vidas.

Autorretrato frente al Warburg Institute.

Otro encuentro memorable tuvo lugar el jueves, pues asistí a una conferencia en la Senate House Library, una inmensa biblioteca también cercana a Russell Square, impartida por mi vieja amiga Catherine sobre la serie Adolescencia. Fue una sesión tremendamente interesante sobre cómo esta serie plasma la comunicación (o falta de comunicación) entre padres e hijos, y sobre cómo el intercambio de palabras entre dos personas puede conducirlas a un cierto conocimiento, pero no tan fácilmente a un reconocimiento. Al entrar en la sala donde tenía lugar la sesión, no muy grande, saludé a Catherine, y enseguida la estudiante que estaba a cargo de la organización me preguntó a quemarropa si quería ir a cenar con los profesores, pues se habían caído algunos invitados. Yo le dije que sí, y al final fuimos cuatro los invitados que terminamos cenando en un estupendo restaurante italiano donde habían reservado una mesa: Da Paolo, en el barrio de Fitzrovia. Si bien enseguida me di cuenta de que los cuatro comensales —Catherine, un profesor casi jubilado de la universidad de Birckbeck, un estudiante de postgrado de filosofía con melena a lo heavy metal y uñas pintadas, y yo— éramos muy diferentes, enseguida entablamos una entrañable conversación donde hablamos de nuestras experiencias como profesores, la filosofía de Spinoza y los churros con chocolate de San Ginés, en Madrid, que el anciano profesor recordaba embelesado.

Autorretrato, esta vez no es mío, en la National Gallery.

No quiero alargar más esta crónica, para no abusar de la paciencia del lector. Dejo en el tintero otros planes memorables de la semana, como la entrañable comida de este viernes en Orme Court, la casa central del Opus Dei en Gran Bretaña, y la visita a la sección de pintura renacentista de la National Gallery el sábado por la mañana en compañía de Mathieu, uno de los estudiantes que viven en Netherhall, la residencia universitaria donde vivo. Como dirían en la famosa película La batalla de Inglaterra, que de pequeño me tragué infinidad de veces: the battle of France is over, the battle of Brittain is about to begin!

La Maughan Library, la biblioteca de King's, por dentro.