lunes, 16 de marzo de 2026

Transcendence for beginners

Transcendence for beginners, trascendencia para principiantes, es un libro que compré hace unos meses y he traído conmigo a Londres, con la esperanza de que pueda aportarme alguna idea sobre lo que he venido a investigar. La autora es Clare Carlisle, profesora de filosofía del King’s College, mi universidad de aquí. Cuento esto porque el lunes de la semana pasada acudí al número 18 de Lincoln’s Inn Fields, a una elegantísima casa en cuya planta superior hay un auditorio donde iba a tener lugar una conferencia de la profesora Carlisle relacionada con el libro mencionado. El encuentro lo organizaba una institución llamada Temenos, dedicada al estudio de las religiones. Los asistentes eran numerosos, casi todos por encima de cincuenta años, incluso de sesenta, diría; casi todos ellos anglosajones. Al comenzar el encuentro, el profesor encargado de la presentación encendió una vela junto al atril de la conferenciante, explicando que era propio de los encuentros de Temenos. Después siguió la conferencia de la profesora, que resumidamente trató sobre la experiencia religiosa vista desde el hinduismo, y sobre una especie de santo hindú de la primera mitad del siglo XX, Ramana Maharsi, quien se retiró a vivir a una cueva en el monte Arunachala cuando apenas tenía dieciséis años. Tras la conferencia hubo un turno largo de preguntas que, más que de académicos, parecían de un grupo de devotos de Ramana.

La catedral de Winchester

Al salir de la conferencia, Jaime, quien me acompañaba, y yo nos quedamos un rato comentando lo que acabábamos de presenciar. Yo le dije que lo de la vela no me había gustado un pelo, pues le daba a aquello un aire esotérico nada tranquilizador. Me dijo que a él tampoco. Luego, comentábamos, nos parecía llamativo que aquella gente tuviese semejante fascinación por la sabiduría hindú, y renegasen del cristianismo tachándolo de religión dogmática y autoritaria, o poco menos. Me vino a la memoria un breve texto de Chesterton que leí durante la carrera, titulado “El templo inacabado”, donde el autor explica que en muchos lugares el cristianismo ha quedado arrumbado, como un templo inacabado, es decir, como un proyecto a medias al que no se le ha permitido desarrollarse, y se piensa, algo ingenuamente, que lo que hay es todo lo que podía dar. No quiero juzgar a los asistentes a la conferencia, pero me dieron la impresión de ser personas de clase más bien alta, tal vez con una educación donde la religión había ocupado un lugar ínfimo: un protestantismo diluido, unas pocas costumbres y ya. Parece razonable, entonces, que miren hacia la India como la fuente genuina de la espiritualidad. Qué pena, pensé, quedarse con una religión donde las personas son como espejismos que han de fundirse en un único principio divino. Me quedo con la esperanza de mi fe: que la muerte no será el final, que todos resucitaremos, nos abrazaremos y nos contaremos cómo nos ha ido, y Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos.

Una tarde soleada en Hampstead Heath

Más allá de los hinduistas ricachones, puedo decir que el tema de la trascendencia se ha traducido en varias cosas de los últimos días. El martes de la semana anterior a la conferencia mencionada fui a otra conferencia, más estándar, organizada por el Instituto Tomístico (es decir, de santo Tomás de Aquino) en la sede de los jesuitas en Farm Street. El ponente era un venerable profesor del University College Dublin, Fran O'Rourke, que venía a hablarnos sobre la cuestión de la belleza en Aquino y en el escritor irlandés James Joyce. Como me dijo una vez una profesora de la carrera, no lo olvidaré, ¡eso sí que es mezclar churras con merinas! Pero, en el fondo, hay una relación, pues Joyce tuvo una sustanciosa formación tomística y, claro, siendo literato el tema de la belleza era de sus preferidos, como se puede apreciar en su novela Retrato del artista adolescente. Al terminar la sesión hubo una animada ronda de preguntas y, cuando el profesor estaba para salir del edificio, me acerqué a él para darle las gracias por la conferencia. Entonces, inesperadamente, se me acercó uno de los organizadores y me preguntó si quería ir a cenar con ellos, pues tenían un sitio libre. Acabamos el profesor O’Rourke y otros cuatro en un acogedor restaurante italiano de Mayfair, contándonos chascarrillos y pasando un buen rato. Le dije al profesor que me encantaba la película Dublineses de John Huston, basada en un relato de Joyce, y en especial la canción que se canta en ella, The Lass of Aughrim. Le dije que había escuchado muchas veces un vídeo de YouTube en el que dos señores interpretaban dicha canción, uno a la guitarra y el otro cantando. Cuál fue mi sorpresa, el profesor me dijo que él era uno de los dos, el que cantaba (dejo aquí el enlace).

Afternoon tea en Arlesford, cerca de Winchester

Cuando escribo estas líneas y pienso en la trascendencia, me vienen a la cabeza dos lugares que he visitado recientemente. El primero de ellos es la catedral de Winchester, una pequeña ciudad al sur de Inglaterra adonde fuimos de excursión Pablo, Stefano y yo hace dos fines de semana. Es sobrecogedor entrar en ese lugar y levantar la mirada hacia sus altísimas bóvedas, surcadas por incontables nervios, y ver la luz entrando por sus vidrieras. Tal sobrecogimiento había que asimilarlo de algún modo, así que después de la catedral paseamos hasta una colina próxima a la ciudad —St. Catherine’s Hill, con buenas vistas— y más tarde, cómo no, recalamos en un simpático pub (The Bishop on the Bridge, para más detalles) a degustar una meat pie con una buena pinta. También fuimos a saborear un afternoon tea al cabo de un rato. El segundo lugar que saco a la palestra es la iglesia a la que he acudido los últimos dos domingos, el primero de ellos con mi amigo Nacho, que pasó recientemente unos días en Londres: el Brompton Oratory. A mi pregunta sobre qué le había parecido la Misa, Nacho me respondió que le había encantado: “Muy mística”, me dijo. Digamos que los del Oratory sí que ofrecen una buena trascendencia para principiantes: la Misa solemne del domingo a las 11 es, casi casi, una demostración estética de la verdad del cristianismo.

El Brompton Oratory, a la salida de Misa de 11

Con Nacho en el balcón de la National Gallery

Fogata con los residentes de Netherhall el viernes pasado

La casa de Sigmund Freud, cerca de Netherhall, una mañana soleada

domingo, 1 de marzo de 2026

Kind hearts and coronets

Kind hearts are more tan coronets, and simple faith than Norman blood, los corazones afables son más que las coronas, y la fe sencilla más que la sangre normanda, dice un poema de Tennyson que dio título a una de las comedias más celebradas de los Ealing Studios, Kind Hearts and Coronets (aún no la he visto, pero me gustaría, aunque dicen que sólo la entienden los británicos). Estos versos me valen de percha para iniciar esta crónica donde, si algo puedo destacar, es la afabilidad de tantas personas que han poblado mis días, más que la sangre normanda (pues todavía no he conocido a ningún descendiente de William the Conqueror). Hace dos viernes tuve la suerte de cumplir treinta y seis años en estas islas, y no estuvo nada mal, he de decir.

Shaz, Tato y yo en una boulangerie de Hampstead

Aquel día, viernes, decidí que no iba a dar un palo al agua; es más, iba a dejarme sorprender por lo que me deparase el día. Después de ir a Misa, donde fui monaguillo, y de meterme un desayuno netherhalliano entre pecho y espalda, fui a la sala de estudio de la residencia universitaria y planté allí mi portátil, con el vano autoengaño de que iba a trabajar. Pero enseguida apareció Shaz, un pakistaní que vive conmigo y que es algo hiperactivo, diciendo que necesitaba un café. Le respondí que podía tomarme uno con él, y me salió con que —ya que era mi cumple— teníamos que ir a una buena cafetería de Hampstead. Dicho y hecho: fuimos a la Boulangerie Bon Matin, donde pedimos unos cafés bien aderezados de cosas, cuando llegó Tato, un viejo y querido amigo que habitualmente vive en Japón, pero que estaba pasando unos días en Netherhall. Para quien no le conozca, he de decir que Tato es la persona más animada y alegre que he conocido nunca: es incluso capaz de arrancarle una sonrisa a la camarera de una boulangerie de Hampstead, y así lo hizo. Se puso a cantar el cumpleaños feliz en el local y a jalearle al niño que teníamos al lado por el pedazo desayuno que se estaba zampando. Todo un prodigio. Completamos la mañana en Hampstead como los lugareños más posh, comprando unas flores para llevarle a la Virgen de Netherhall y una botella de buen vino para celebrar.

Guinness y fish and chips en Marlborough Arms

El resto del día fue también alegre. Quedé a comer con Jaime, a quien he mencionado en crónicas anteriores, en el pub Marlborough Arms, cerca de Russell Square, en el pintoresco barrio de Bloomsbury: allí brindamos con pintas de Guinness, y yo me incliné por un clásico y grasiento fish and chips, que estaba muy delicioso. Estuvimos charlando un rato y, después, fui a visitar a Javier, el hombre del que hablé en la anterior crónica, que pasa en casa sus últimos días a causa del cáncer (más bien semanas, pues es un hombre muy fuerte). El final de la tarde fue coronado por un repertorio de cervezas embotelladas de primer nivel (absténganse los que sólo les gustan las rubias) que Peter y yo habíamos comprado el día anterior en el Sainsbury’s cercano. En el festejo estaban los residentes de Netherhall más algunos numerarios del Opus Dei que habían acudido ese fin de semana a la residencia para una convivencia de formación. Hubo, pues, mucha cerveza, una tarta gigante con mucha nata y, why not, un toque de cultura: Andrew leyó un poema manuscrito en el que aparecíamos Father Nick —quien también cumplía ese día— y yo, y Simon tocó al piano algunas piezas del famoso Ludovico Einaudi. Como decía Tennyson, Kind hearts are more tan coronets, and simple faith than Norman blood.

Con Dionisio y Jaime frente a Merton College

Quise prolongar un día más la celebración, y el sábado propuse a los lugareños de Netherhall hacer una excursión en tren a Oxford. La convocatoria no tuvo excesivo éxito, pero al menos fuimos tres los oxonienses: Dionisio (un mexicano muy simpático a quien tomo el pelo llamándole Dionisio el Areopagita, como el gran sabio de la Antigüedad) y Jaime. Tren desde la estación de Marylebone hasta Oxford, muy cómodo, y allí no paramos de caminar: paseamos por los meadows próximos a Christ Church College, nos colamos en Merton College (cuya capilla, impresionante, estuvo proyectada para ser la catedral de Oxford, aunque el proyecto se frustró), y fuimos al Covered Market a tomarnos unos bocadillos de salchichas cumberland. Por la tarde quedamos a tomar algo caliente en The Grand Café, un lugar de lo más clásico y casposo de Oxford, en el mejor de los sentidos; allí se nos unió Víctor, un profesor veterano de Pamplona que suele pasar temporadas en esta ciudad, ya que es uno de los mayores expertos sobre la faz de la tierra en John Henry Newman (casi todo lo que se ha publicado de Newman en español lo ha traducido él). Haciendo gala de una singular afabilidad, mezcla de sequedad pamplonica y cortesía británica, Víctor nos metió en las tripas de Oriel College, así como en la Divinity School, de un gótico tardío despampanante. Siempre que voy a este lugar me gusta detenerme en la inscripción escrita en griego sobre un libro de piedra que hay la entrada, y que mi amigo Luis supo traducirme en una visita que hicimos en noviembre. Es de san Lucas: “lo encontraron sentado en medio de los doctores”. Yo también comparto la esperanza de que en medio del estudio llevado a cabo con la seriedad que merece uno llegue a encontrar a Cristo sentado.

"Lo encontraron sentado en medio de los doctores"

Remato esta crónica londinense con algunas pinceladas de otros acontecimientos destacables. El martes pasado quedé a comer con George, un inglés muy inglés de quien me hice amigo hace ya diez años en estas tierras, dada nuestra común pasión por el cine. Me hizo mucha ilusión ponernos al día y saber que está bien. También ha habido un poco de arte y belleza esta semana: fui con Mathieu a una conferencia sobre “Bach y la Belleza” en la biblioteca Senate House, muy interesante, y el sábado por la mañana acudí entusiasmado a la casa museo de Sir John Soane, un lugar tal vez poco conocido pero muy recomendable de visitar. El arquitecto Soane, uno de los más célebres en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, llenó su casa con una colección inmensa de pinturas, ruinas del mundo antiguo y buen gusto.

Comprando unas flores por el barrio

La impresionante capilla de Merton College

Adentrándonos con Víctor en Oriel College

En John Soane's Museum

La colección de John Soane