martes, 7 de abril de 2026

A Little Learning

A Little Learning es el título que dio el escritor Evelyn Waugh a sus memorias, que empezó a escribir poco tiempo antes de fallecer inesperadamente por un infarto, un Domingo de Pascua —tal día como anteayer, tenga una feliz Pascua quien lea estas líneas— de hace sesenta años. Las memorias quedaron inconclusas y, tal vez por ello, la traducción que se publicó en español hace ya unos años lleva por título Una educación incompleta. Traigo a colación este título porque pienso, cada vez más, que estas semanas en Londres están siendo para mí a little learning, es decir, una pequeña educación, y no sólo en el sentido académico de la frase. Sigo yendo entre semana a las bibliotecas del King’s College y del Warburg Institute: la mayoría de las veces mi razón de ir allí no es consultar este o aquel libro, sino simplemente salir del lugar donde vivo, Netherhall, y encontrar un lugar con el ambiente adecuado para concentrarme y dar a mi jornada laboral un tono humanista. Pero, como digo, la educación de estos días la he encontrado en lugares inesperados, más allá de los muros de la ciudad de los libros.

El Big Ben, camino de la Catedral de Westminster

Quisiera mentar en primer lugar al cine. Estas últimas semanas he visto unas cuantas películas bastante buenas. El viernes o sábado por la noche la gente de Netherhall suele prestarse a ver una película, y he aprovechado esta disposición del público para proyectar en la casa películas buenas, aunque no demasiado “cafeteras” (esto es, no exclusivamente para cinéfilos de gafas redondeadas y bigote). Más que proponer yo el título, he tratado de indagar qué querían ver los interesados mediante conversaciones casuales en los desayunos u otros ratos de asueto. Así, por iniciativa de Pablo hemos visto la obra maestra Adiós muchachos; por impulso de Corrado, Master and Commander; por ideación de Pat, El club de los poetas muertos; gracias a Dave hemos visto Esencia de mujer, y, por último, por argucia de un servidor, el pasado Viernes Santo vimos De dioses y hombres, un título que venía al caso de la fecha. Ojalá siga la buena racha. De momento puedo decir que he disfrutado mucho de esta ristra de películas, y que me hacen caer en la cuenta —tras hablar con unos y con otros— de todo lo que puede dar una buena película. También fui al cine hace un par de semanas con Dave y Pat a ver la última película de Sorrentino: La Grazia. Estéticamente increíble, también las interpretaciones, aunque no me convence la reflexión que plantea de soslayo sobre la eutanasia: un poco facilona, pues la película trata en realidad de otros temas como son el envejecimiento, la soledad y la nostalgia por los que se han ido. Diríase que el cine no nos educa directamente, pero sí propicia encuentros y conversaciones que contribuyen a un crecimiento genuinamente humano.

Foto con el genuino Rach, al terminar el seminario del departamento

Y, ya que salen las conversaciones a la palestra, diré que estas semanas ha habido algunos encuentros memorables. A mediados de marzo asistí a un seminario organizado por el Departamento de Film Studies, al que pertenezco, y allí conocí a Rach, un estudiante de doctorado muy simpático con el que comparto algunos research interests, intereses de investigación, como dicen por aquí. Resulta que Rach está haciendo un doctorado sobre la capacidad del cine de revelarnos el mundo que tenemos alrededor, un tema que también yo abordé en mi tesis doctoral con autores como André Bazin y Stanley Cavell, a quienes él también estudia. Total, que hace unos días quedamos para tomar un café y seguir dándole a la manivela, y seguramente volvamos a quedar dentro de poco. Siguiendo con las conversaciones, unos días antes del Domingo de Ramos quedé con Ruben, agregado del Opus Dei como yo, a comer en Canary Wharf, una zona de Londres muy moderna y con un estilo urbano bastante similar a Nueva York. Ruben es un emprendedor que trabaja en uno de los altos edificios acristalados de la zona. Me llevó a su oficina, en un catorceavo piso, y me enseñó las imponentes vistas de la ciudad. Bonito, sí, pero me gusta más el estilo tradicional, elegante y un poco viejuno de Hampstead, el barrio donde vivo. También quedé a comer hace poco con Wency, a quien el lector veterano tal vez recuerde de mis crónicas londinenses de 2019, pues viví dos meses con él en su casa, situada en Hounslow West, es decir, donde el viento da la vuelta. Fue una gran alegría para los dos poder reencontrarnos.

Leyendo los capítulos de ¿Qué es filosofía? a contrarreloj

No puedo dejar de mencionar un encuentro nocturno en el que participé hace un par de semanas en la Catedral de Westminster, la católica. Dicho así, parece que voy a contar una historia de fantasmas. Jaime me había hablado de unos seminarios de lecturas filosóficas que Jack, profesor, y Father Hugh, un cura que trabaja en la catedral, organizan mensualmente. Esa semana iban a juntarse a debatir sobre los tres primeros capítulos del libro ¿Qué es filosofía?, escrito por el pensador alemán del siglo pasado Dietrich von Hildebrand. Qué apetecible, pensé: así que me lancé a leer los capítulos y fui animoso caminando desde Chancery Lane hasta la catedral —un buen paseo— con mi libreta de notas bajo el brazo. Fr Hugh nos recibió en un antiguo salón (decir antiguo tal vez sea poco) que está en las viviendas anejas a la catedral: una amplia habitación vetusta con moqueta, muebles centenarios, pinturas ennegrecidas por el tabaco y los años, y un solemne busto del cardenal Manning que nos miraba a todos con expresión etrusca. Tomamos unas pizzas y, ¡a debatir! Resultó una conversación bastante enriquecedora, si bien alguno se salió por la tangente con temas que nada tenían que ver con el libro. Antes de despedirnos tomamos unas copas de whisky a la salud de Jaime, que recientemente se había prometido a su novia. Este encuentro, al que espero volver, ha sido una pieza importante de la educación de estos días.

La iglesia del Oratorio, al término de la Vigilia Pascual

Entiendo que cualquier educación quedaría ciertamente incompleta si ignorase un sentido último de las cosas: esto me lleva a decir algo sobre la Semana Santa. Esta ha sido mi primera en Inglaterra, y no ha estado nada mal. Decidí acudir a las grandes celebraciones (Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santo, y la Vigilia Pascual del sábado) al mismo lugar: la iglesia del Oratorio en Brompton Road, South Kensington, sobre la que he hablado en una crónica anterior. La verdad es que estos buenos hombres del Oratorio saben hacer las cosas como nadie; me atrevería a decir que a veces parecen más papistas que el Papa, pero todo lo que hacen es con esmero e intención piadosa. Termino con un par de pinceladas sobre la Vigilia Pascual, que es la gran liturgia donde la Iglesia celebra, en la noche del sábado, la Resurrección del Señor. Aquello fue un espectáculo imponente, de caerse uno de espaldas: el coro, los ropajes de los celebrantes, la iluminación, la ornamentación del lugar, la armonía con que se desarrollaba la celebración. Para mí no sólo fue un espectáculo estético, sino la materialización de un sentido profundo, personal, que puede cambiar mi vida (la está cambiando) y la de muchos otros. ¡Qué maravilla, me quedé embobado! Beauty is truth, truth beauty, that is all ye know on earth, and all ye need to know; la belleza es verdad, la verdad belleza, eso es todo lo que sabes en este mundo, y todo lo que necesitas saber, escribió el poeta John Keats. Creo que el sentido de estas palabras puede aplicarse la Vigilia Pascual del sábado pasado en el Oratorio.

La casa de John Keats, en Hampstead, muy cerca de donde vivo