domingo, 25 de febrero de 2024

El hombre de Villa Tevere, el hombre de Cinecittà

"Decías, como Nietzsche, que sólo podrías creer en un Dios que supiera bailar", escribe una desmelenada Pilar Urbano al comienzo de El hombre de Villa Tevere, su entretenida biografía de san Josemaría Escrivá. Y continúa, "Pues, te aseguro que sabe: yo he conocido a un hombre que bailaba con Dios". Me encanta este arranque, creo que tiene mucha garra. Cuento esto porque el martes pasado yo fui por unas horas el hombre de Villa Tevere; Escrivá, como le llama Urbano, me cambió el papel, pues fui invitado a comer allí. La coartada no podía ser mejor: el martes era mi cumpleaños, y, como quien no quiere la cosa, le había preguntado a Don Mariano si podría saludar al prelado del Opus  Dei —le llamamos el Padre en la Obra— en algún momento. Vente a comer, me respondió él, así que dicho y hecho. Me presenté más o menos formal, con alguna mancha de café en los pantalones, y Andrew me condujo al comedor de la casa, donde comí con algunos de los que viven allí. Estaba sorprendido de tener a mi izquierda a Don Fernando, un sacerdote de... ¡101 años!, que me hacía bromas sobre mis orígenes bilbaínos. Las señoras de la Obra que trabajan en la casa, la Administración, me habían preparado un postre de primera: un barquillo gigante lleno de helado de mantecado (que es el helado auténtico, lo saben quienes han probado el de Aberasturi, en Las Arenas). Las luces se apagaron, mis anfitriones cantaron como pudieron el Happy Birthday, y apareció el postre con dos velitas, que soplé pidiéndole a Dios lo mismo que le pido todos los años.

Los hombres de Villa Tevere

Terminamos de comer, y fuimos a la sala de estar, donde me esperaba el Padre para darme un abrazo. Nos sentamos en los sofás, y comenzó una tertulia en la que yo le contaba cosas al Padre sobre mi trabajo como profesor en la universidad, sobre Ceah, el club de universitarios donde echo una mano en Madrid, y sobre el libro que escribí hace un tiempo, El silencio de Dios en el cine. El Padre me escuchaba con una sonrisa —es un hombre de pocas palabras— y de vez en cuando entrecerraba los ojos y asentía con la cabeza. Ciertamente, la cuestión de Dios en el cine puede ser un potente somnífero. De pronto, el Padre dijo: "Bueno, pues vámonos", así que nos levantamos y comenzamos a salir del salón. Pero, antes de que se fuera, le pedí que nos sacáramos una foto juntos, y que me firmara una estampa de la Virgen para dársela a Don Luis Augusto, un sacerdote que vive cerca de mi casa, de casi 90 años, que conoce al Padre de sus años mozos, y de quien soy amigo. Al terminar, Andrew me hizo un pequeño tour por algunas zonas de la casa, en especial por algunos oratorios. Cuando veo el arte decorativo de Villa Tevere siempre tengo sentimientos encontrados: por un lado, pienso que todo es un gran pastiche, una copia de una copia, realizada con un gusto cuestionable; pero, por otro lado, pienso en el cariño y la generosidad con que está hecho todo. Supongo que lo segundo compensa lo primero.

Un barquillo gigante con helado de mantecado

Los festejos de mi cumple se han alargado, de un modo u otro, durante los días siguientes. El miércoles Chema, un amigo que trabaja en la PUSC, me propuso tomar unas pizze al taglio con unas cervezas Messina —es decir, de buena calidad— en la terraza de la Universidad, que tiene unas espléndidas vistas de Roma. Allí nos sentamos, y hablamos sobre muchas cosas, la situación de la Iglesia entre ellas, mientras veíamos a no mucha distancia la fachada de San Pedro. Al día siguiente, jueves, fui a cenar a Ripagrande, la casa de la Obra donde acudo aquí en Roma, y saboreamos unos ravioli y una tarta helada, bastante rica. Todos estos gestos me hacen darme cuenta de que la Obra es realmente una familia en la que unos cuidan de otros. Cuento algo más a este respecto: el viernes no había quedado con nadie a comer, así que me senté solo en una mesa de la cantina de la PUSC. Se me acercó inesperadamente Don Luis, antiguo rector de esta Universidad. "¿Te importa que me siente contigo?", me preguntó. Fue una comida de lo más grata, donde el sabio profesor se interesó por mí y por mi trabajo durante estas semanas. Hace unos años tuve un encontronazo con este profesor, unas palabras algo directas que yo le espeté; pero no sé si él se acordaba, y, en cualquier caso, me desarmó con su amable cercanía.

La entrada de los estudios Cinecittà

Si san Josemaría Escrivá es el hombre de Villa Tevere, Federico Fellini es el hombre de Cinecittà, los estudios de cine que están a las afueras de Roma, cerca de la Via Tuscolana. Ayer, sábado, había decidido ir de excursión a Cinecittà; de repente me di cuenta de que ese día era el cumpleaños de mi padre, que falleció hace poco más de tres años. Qué mejor manera de darle un homenaje, pensé, pues mi padre era un apasionado del cine, y, no me cabe duda, Fellini era su director favorito. Cogí el metro hasta los estudios de cine, y me acordé del comienzo de la alocada película Intervista, en la que un joven personaje que figura ser Fellini viaja por primera vez en un tranvía, el tranvetto, a la ciudad del cine. He de decir que me lo pasé muy bien: vi los vestuarios utilizados en los grandes peplum, escenas de películas míticas, el interior de un submarino de la segunda guerra mundial, los edificios recreados de la Antigua Roma y el exterior del Estudio 5, donde Fellini rodó muchas de sus películas —la Via Veneto de La dolce vita se hizo allí— y donde, después de fallecer, quiso que fuera velado su cuerpo. Al terminar el día, sentado en el tren, me preguntaba quién era el hombre de Cinecittà, si Fellini, yo o mi padre. No lo sé. Los dos me habían acompañado mientras paseaba por la ciudad de los sueños.

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El vestuario a Richard Burton en Cleopatra

Placa en homenaje a Fellini en el Estudio 5

El estudio 5 de Cinecittà

La recreación de la Roma imperial

Federico Fellini se baja del coche

sábado, 17 de febrero de 2024

Roma al caer la tarde

Es sábado y atardece. He venido al gran parque de Villa Borghese a escribir estas líneas mientras cae el sol, y los turistas se agolpan en los miradores para ver el panorama de Roma a la luz naranja del ocaso, esa que le gusta tanto al cineasta Terrence Malick; algunos incluso aprovechan el momento justo en que el sol se oculta tras el Vaticano para prometerse amor eterno mientras el resto de la gente aplaude. Todo un poco hortera, pero es muy comprensible. Hace unos días estaba en unas cervezas de mediodía con un grupo de profesores de la PUSC; al contarle a uno de ellos, Ralf, que estaba aquí escribiendo un libro de estética, me dijo que Roma era ante todo un asunto estético, que la gente viene a Roma por su atractivo estético. Así es, y seguramente yo soy uno de esos que, como Jep en La gran belleza, camina por Roma buscando ese no sé qué. Ya me perdonará el lector si he empezado estas líneas con un tono pedante, pero esta semana la cosa va de arte y belleza.

Roma al atardecer, desde Villa Borghese

La cosa empezó en Galilea, dicen las malas traducciones de los evangelios. Bueno, pues la cosa empezó el sábado pasado, cuando quedé con mi amigo Ernesto, profesor de mi Universidad en Madrid, para visitar el Palazzo Altemps, que alberga un espléndido museo de arte antiguo. Posiblemente era el mejor plan para esa tarde, pues una lluvia torrencial, que me dejó hecho una sopa al volver luego a casa, caía sobre la ciudad eterna. Mientras veíamos esculturas tan alucinantes como el gálata suicida o el trono Ludovisi hablábamos de esto y de aquello, de nuestros avances estudiosos de aquellos días y de la próxima visita de Gema, su mujer. Nos despedimos junto a la iglesia de San Agustín, pues él está viviendo en la casa de hospedaje de los padres agustinos, y yo me adentré en el torrente de agua que me llevaría a casa. En mi cabeza estaban las imágenes de aquellas esculturas, tan perfectas. ¿Qué verían los griegos en la anatomía humana? Tal vez veían lo que decía Platón en su diálogo Fedro: lo más deslumbrante y lo más amable.

Ludovisi
El trono Ludovisi, en el Palazzo Altemps

Siguiendo con el arte, fue también mi nuevo amigo Ralf, y semanas antes mi tía Icíar, quien me ánimo a ir a la Biblioteca Hertziana, la mejor de la ciudad para todo lo que está relacionado con el arte, de un modo u otro. Me encaminé hacia allá el miércoles por la mañana, atravesando con mi bicicleta la Villa Borghese, radiante por la mañana; pues dicha biblioteca está próxima al parque, justo a la izquierda de la iglesia de Trinità dei Monti, pasada la Villa Medici. Nada más entrar por la alucinante entrada, que es una boca gigante, le pregunté al conserje en mi descalabrado italiano —digamos que hablo el italiano como los indios— qué papeles tenía que presentar para obtener el carné de la biblioteca, la llamada tessera. Se trataba de varios documentos, que sólo tenía que imprimir desde mi ordenador, y de una foto de carné. Para esto último fui al fotomatón del metro de Piazza di Spagna e hice lo que pude, pues la banqueta de rosca no bajaba más y mi cara no terminaba de encajar en el óvalo de la pantalla. Caminata para arriba y para abajo, buena penitencia para el miércoles de ceniza que era, y finalmente llegué de nuevo a la biblioteca con todos los documentos en orden. Me sentí como un investigador de los años 30, un Stefan Zweig o algo así, pues una chica alemana muy simpática grapó mi foto a un rectángulo de cartulina, escribió mis datos a mano sobre ella y la selló con tinta roja. "It's a very old fashioned card", le dije en inglés. "Ojalá más cosas fueran old fashioned", me respondió con una sonrisa.

La entrada de la Biblioteca Hertziana

Al día siguiente fui a la Hertziana a pasar el día, y ciertamente no me defraudó. "Si vas allí, no querrás volver a la Biblioteca de la PUSC", me había advertido Ralf. En parte fue así, pues se trata de una biblioteca inmensa, donde puedes buscar por ti mismo y coger el libro que buscas, para comprobar con pasmo que junto a él hay otros tantos libros relacionados. ¡Ay, la concupiscencia intelectual! Creo que a san Juan se le olvidó incluirla en su primera carta. Ese mismo día caí en la otra gran concupiscencia que asalta al huésped de Roma: la concupiscencia de la pasta. Quedé a cenar con Andrés, un andaluz muy salao —del Puerto de Santa María— que vive en Villa Tevere, la sede central del Opus Dei, pues le apasiona el cine tanto o más que a mí y quería hablar conmigo. Me llevó a Mattarello, un cuchitril donde hacen pasta casera muy rica, cercano a su casa, en el barrio del Parioli. Hablamos de cine y otras cosas hasta que se nos hizo tarde, y nos despedimos con la ilusión de un próximo reencuentro. Gracias a él (y a Quique, que me pasó el archivo) vi ayer la película coreana Vidas pasadas; una maravilla, muy recomendable.

La Biblioteca Hertziana por dentro

Sigo sentado en Villa Borghese, el sol se ha ido ya a dormir —"peor para el sol", dice la canción de Sabina— y un músico repeinado y con gafas de sol toca en su teclado melodías románticas para animar a las parejas a darse un último abrazo o sacar ese anillo de piruleta que esperaba el momento oportuno. Roma es un asunto estético, no lo olvidemos.

El gálata suicida, en el Palazzo Altemps

El carné a la antigua usanza

sábado, 10 de febrero de 2024

Existencialismo gastronómico o adónde vamos a comer

Recuerdo que cuando hacía la carrera en Navarra, Gabriel, un profesor de literatura excelente, nos dijo que los vascos se hacían tres preguntas existenciales, siendo la última la más importante: quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos... a comer. Reconozco que me he sentido identificado con la tercera pregunta estos días en Roma. Dado que suelo trabajar en la Biblioteca de la Pontificia Università della Santa Croce, PUSC, a la hora de comer he de sacarme las castañas. La primera alternativa me la dio Javier, que trabaja en la Biblioteca: un día me llevó a tomar un panino, un bocadillo, y a dar una vuelta por el Largo Argentina, para contemplar el lugar exacto donde César fue apuñalado en los idus de marzo (y donde, mucho tiempo después, con poco acierto Mussolini plantó un pino, lo digo en sentido literal, para conmemorar al agujereado Julio). Lo del paseo me gustó, pero lo del panino me supo a poco, ya que a las pocas horas mis tripas rugían con ferocidad. Por ello, esta semana me he hecho la pregunta existencial: ¿A dónde voy a comer? El primer día fui a un bar —de apariencia cutre, lo cual puede ser sinónimo de sitio auténtico, no turístico— cercano a mi Biblioteca: el Caffè Perù, en la Via di Monserrato. Fue una decisión acertada, pues por poco dinero me sirvieron un delicioso plato de pasta ai funghi porcini y, además, tuve la oportunidad de pegar la oreja a las conversaciones de la gente a mi alrededor y valorar mi comprensión del italiano. De algo me enteré. Los demás días estoy yendo al comedor de mi Universidad, que por un precio asequible tiene un menú bastante digno.

El Caffè Perù, una apuesta segura para comer y tomar café

El lector se preguntará si el que suscribe sabe italiano o lo ha estudiado. La verdad es que no. He estado en Roma algunas veces —pocos días, sobre todo la Semana Santa— y este verano fui dos semanas a Nápoles a un voluntariado organizado por mi amigo Paco: estas estancias en suelo italiano me han abierto el oído, como diría el salmo, e incluso me han provisto de palabras y frases sueltas como forze, anchebuongiorno, come stai, scusa, puo portarmi il conto, non lo sapeva, e con il tuo Spirito, y otras tantas. Intento lanzarme a hablar, y ya está, sin preocuparme demasiado por la corrección de lo que digo, con la esperanza de que mis exabruptos cobren sentido a medida que pasan los días. Hoy, por ejemplo, he ido al supermercado y he preguntado dónde estaba la harina, y si podía pagar con un billete de 50. Hace pocos días un camarero caradura me dio mal el cambio, y le dije que no se pasara de listo. Mi clase diaria de italiano es de lo más curiosa, pues tiene lugar a primera hora de la mañana en una iglesia: intento ir a Misa a la iglesia central del Opus Dei, Santa Maria della Pace, y es en italiano. Ayudado por el móvil, leo las lecturas y digo las respuestas de la Misa en el idioma de Garibaldi. Así que podríamos decir que estoy aprendiendo italiano bíblico, incluso litúrgico, lo cual no está del todo mal.

Santa Maria della Pace, donde aprendo italiano a diario

No me prodigo demasiado por los monumentos de Roma entre semana, pero alguna escapada he hecho. El miércoles quedé con Santi, un amigo de Pamplona, que trabaja en la Universidad de Navarra y había venido a hacer negocios con la PUSC. Me propuso caminar un poco antes de comer, y fuimos a ver Santa Maria sopra Minerva, posiblemente la única iglesia gótica de Roma (donde nos encontramos con el inigualable Ignacio Peyró, director del Instituto Cervantes en Roma, de quien Santi es amigo), e Il Gesú, cuya belleza pictórica y arquitectónica celebra con majestuosidad la gloria de la Compañía de Jesús, ad maiorem Dei gloriam! El interior de esta iglesia es casi como tener una visión del mundo celestial, pues en sus bóvedas las nubes y los ángeles se salen del marco y parece que fueran a descender sobre uno. Por otra parte, hace un par de días terminé uno de los capítulos que tengo entre manos, y me dije: hoy voy a remolonear un poco. Así que, después de comer, saqué mi pipa y me la fumé tranquilamente mientras paseaba por las calles próximas a mi Biblioteca: Via Monserrato, Via del Cappellari, Via del Pellegrino, etc. Son calles muy bonitas, con comercios antiguos, y casas nobles con patios pintorescos. El mencionado capítulo trataba sobre la estética de los medievales, y pensé que en ese paseo se cumplía aquello de santo Tomás de Aquino: pulchra sunt quae visa placent, las cosas bellas son las que agradan a la vista.

Uno de los patios de la Via Moserrato

Dedico estas últimas líneas a otros encuentros destacables de estos días. Además de la quedada con Santi, el lunes pasado quedé con Ernesto, profesor de filosofía en mi Universidad, la Rey Juan Carlos, que también está de estancia en Roma. Paseamos desde el Panteón hasta el Trastevere, y allí me llevó a una callejuela, Vicolo del Bologna, donde está la pizzería Dar Poeta. Allí cenamos unas pizzas muy ricas, por unos pocos euros, al tiempo que hablábamos sobre nuestros quehaceres académicos —quehaceres piratas, dirían algunos— en la ciudad eterna. Por otra parte, ayer viernes quedé a comer con Riccardo, un amigo italiano del que hablé en la anterior crónica, quien me llevó a la Trattoria Verbano, no muy lejos de Villa Borghese. Mientras nos poníamos al día de nuestras vidas saboreamos unas alcachofas fritas, plato típico de Roma, y unos platos de pasta. Quedan más cosas que contar, pero no quiero exasperar al paciente lector, a quien prometo más noticias próximamente. Ci vediamo!

Con mi amigo Riccardo, comiendo un buen plato de pasta

La pizzería Dar Poeta, en el barrio Trastevere

Un pino en el punto exacto donde apuñalaron a César

Mi rincón de libros en la biblioteca

La belleza majestuosa de Il Giesú

El patio de Sant'Ivo alla Sapienza, una maravilla del barroco

Extravagancias romanas en la Piazza Navona

Una tienda de carteles de cine en la Via Monserrato

viernes, 2 de febrero de 2024

A Roma sin calzoncillos

Después de unos cuantos años sin escribir en este blog, desde verano de 2019, lo retomo con la ilusión de contar al paciente lector algunas anécdotas de mi estancia en Roma, que comenzó el pasado domingo 28 de enero. No soy muy previsor a la hora de hacer la maleta, y, cuando el domingo por la mañana tardé apenas un cuarto de hora en prepararla, me dije muy ufano que me deberían dar un premio o algo parecido. Horas más tarde, cuando el avión se disponía a despegar en Barajas, y yo me encontraba embutido en mi asiento (no hay otra expresión más ajustada para las condiciones de los aviones hoy en día), vino a mi mente, no sé exactamente cómo, la imagen fatídica: ¡Los calzoncillos, no los he metido en la maleta! Todo mi orgullo cayó por los suelos, y enseguida pensé en el despiste que de vez en cuando se cuela en mi vida. También me acordé del filósofo Tales de Mileto, que se cayó a un pozo por andar mirando las estrellas, provocando la risa de una esclava tracia. Miré a mi alrededor en el avión, y a lo lejos creí distinguir la sonrisa burlona de una mujer, no sé si tracia o de Moratalaz.

El Panteón de Agripa, cercano a mi Universidad

La llegada a mi casa romana también tuvo algo de emoción. Desde el aeropuerto de Fiumicino cogí el expreso a Termini, hasta ahí todo correcto, pero al llegar a la mítica e inmensa estación —que dio nombre a una película de Vittorio de Sica con Montgomery Clift— vi que los buses que me llevaban a mi casa eran inexistentes o acumulaban un retraso notable. Media vuelta, un metro hasta la Porta Flaminia, colindante con la Piazza del Popolo, y luego a caminar un buen rato, como un pobre esclavo tracio con sus bártulos a cuestas, hasta el barrio del Parioli, donde vivo. Allí me esperaban Germán y José Miguel, también llamado 'Chato', dos agregados de la Obra, españoles, con algunos años más que yo. También viven en la casa dos estudiantes que se han ido esta semana: uno, Ángel, porque acabó su estancia en Roma; el otro, Francisco, por traslado a una residencia universitaria. He de decir que la casa donde vivo está en un lugar privilegiado de Roma, bastante apacible, y es muy amplia. Además, Ángel me vendió su bicicleta por cuatro perras antes de regresar a España, por lo que dispongo de una flamante bicicleta de paseo negra (con un poco de roña y muelles chirriantes, todo sea dicho) con la que bajo a la urbe por la cuesta de Bruno Buozzi cortando el viento matutino, imaginando que soy el Guido Orefice de La vida es bella o algo así.

La celebración del doctorado de Andrés en Jazz Cafè

Los primeros dos días en Roma estuve un poco colgado, ya que todavía no me habían hecho el carnet para poder trabajar en la Biblioteca de la Pontificia Università della Santa Croce, la PUSC, que es mi base de operaciones. Así que me dediqué a deambular un poco, y fui un par de veces a la Basílica de San Pedro, al Panteón de Agripa, al lago de Villa Borghese y a rezar junto a la tumba de san Josemaría, el fundador del Opus Dei, en Villa Tevere, un lugar tan pequeño como pintoresco donde siempre que voy me siento en casa. Otro hito importante del segundo día en Roma, martes, fue poder asistir a la defensa de la tesis doctoral de mi amigo Andrés en la PUSC, que trataba sobre un tema que me resulta conocido y querido: la filosofía de Stanley Cavell, un estadounidense fallecido recientemente a quien estudié para mi tesis. Creo que era, junto con Andrés, el único en la sala que había leído algo de Cavell. Ajenos o no a este filósofo tan singular, su reivindicación de la conversación entre amigos enseguida se nos contagió a todos; acabamos tomando pizzas y cervezas mientras hablábamos de películas y recuerdos compartidos en Jazz Cafè, un sencillo restaurante cercano.

Todas las mañanas atravieso en bici la Piazza Navona

Termino esta primera crónica romana con un rasgo sorprendente de estos primeros días. Más de una vez, y más de dos, me ha ocurrido encontrarme de pronto con una persona conocida. De estos encuentros destacaría el del lunes pasado, cuando caminaba por Via del Corso a comprar un bocadillo de porchetta y de repente alguien gritó mi nombre: era Riccardo, un chico italiano a quien conocí hace ocho años cuando estaba en Madrid de intercambio universitario. Un tipo muy simpático, que además me ayudó a comprar los dichosos calzoncillos. El segundo encuentro pasmoso fue ayer, jueves: cerca de mi casa, en una calle cualquiera del Parioli, me encontré con Mónica, quien fue profesora mía en la Facultad de Comunicación de Navarra. Estuvimos charlando brevemente y quedamos en tomar un café dentro de poco. La prima cronica è finitta, ci vediamo presto!