"Decías, como Nietzsche, que sólo podrías creer en un Dios que supiera bailar", escribe una desmelenada Pilar Urbano al comienzo de El hombre de Villa Tevere, su entretenida biografía de san Josemaría Escrivá. Y continúa, "Pues, te aseguro que sabe: yo he conocido a un hombre que bailaba con Dios". Me encanta este arranque, creo que tiene mucha garra. Cuento esto porque el martes pasado yo fui por unas horas el hombre de Villa Tevere; Escrivá, como le llama Urbano, me cambió el papel, pues fui invitado a comer allí. La coartada no podía ser mejor: el martes era mi cumpleaños, y, como quien no quiere la cosa, le había preguntado a Don Mariano si podría saludar al prelado del Opus Dei —le llamamos el Padre en la Obra— en algún momento. Vente a comer, me respondió él, así que dicho y hecho. Me presenté más o menos formal, con alguna mancha de café en los pantalones, y Andrew me condujo al comedor de la casa, donde comí con algunos de los que viven allí. Estaba sorprendido de tener a mi izquierda a Don Fernando, un sacerdote de... ¡101 años!, que me hacía bromas sobre mis orígenes bilbaínos. Las señoras de la Obra que trabajan en la casa, la Administración, me habían preparado un postre de primera: un barquillo gigante lleno de helado de mantecado (que es el helado auténtico, lo saben quienes han probado el de Aberasturi, en Las Arenas). Las luces se apagaron, mis anfitriones cantaron como pudieron el Happy Birthday, y apareció el postre con dos velitas, que soplé pidiéndole a Dios lo mismo que le pido todos los años.
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| Los hombres de Villa Tevere |
Terminamos de comer, y fuimos a la sala de estar, donde me esperaba el Padre para darme un abrazo. Nos sentamos en los sofás, y comenzó una tertulia en la que yo le contaba cosas al Padre sobre mi trabajo como profesor en la universidad, sobre Ceah, el club de universitarios donde echo una mano en Madrid, y sobre el libro que escribí hace un tiempo, El silencio de Dios en el cine. El Padre me escuchaba con una sonrisa —es un hombre de pocas palabras— y de vez en cuando entrecerraba los ojos y asentía con la cabeza. Ciertamente, la cuestión de Dios en el cine puede ser un potente somnífero. De pronto, el Padre dijo: "Bueno, pues vámonos", así que nos levantamos y comenzamos a salir del salón. Pero, antes de que se fuera, le pedí que nos sacáramos una foto juntos, y que me firmara una estampa de la Virgen para dársela a Don Luis Augusto, un sacerdote que vive cerca de mi casa, de casi 90 años, que conoce al Padre de sus años mozos, y de quien soy amigo. Al terminar, Andrew me hizo un pequeño tour por algunas zonas de la casa, en especial por algunos oratorios. Cuando veo el arte decorativo de Villa Tevere siempre tengo sentimientos encontrados: por un lado, pienso que todo es un gran pastiche, una copia de una copia, realizada con un gusto cuestionable; pero, por otro lado, pienso en el cariño y la generosidad con que está hecho todo. Supongo que lo segundo compensa lo primero.
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| Un barquillo gigante con helado de mantecado |
Los festejos de mi cumple se han alargado, de un modo u otro, durante los días siguientes. El miércoles Chema, un amigo que trabaja en la PUSC, me propuso tomar unas pizze al taglio con unas cervezas Messina —es decir, de buena calidad— en la terraza de la Universidad, que tiene unas espléndidas vistas de Roma. Allí nos sentamos, y hablamos sobre muchas cosas, la situación de la Iglesia entre ellas, mientras veíamos a no mucha distancia la fachada de San Pedro. Al día siguiente, jueves, fui a cenar a Ripagrande, la casa de la Obra donde acudo aquí en Roma, y saboreamos unos ravioli y una tarta helada, bastante rica. Todos estos gestos me hacen darme cuenta de que la Obra es realmente una familia en la que unos cuidan de otros. Cuento algo más a este respecto: el viernes no había quedado con nadie a comer, así que me senté solo en una mesa de la cantina de la PUSC. Se me acercó inesperadamente Don Luis, antiguo rector de esta Universidad. "¿Te importa que me siente contigo?", me preguntó. Fue una comida de lo más grata, donde el sabio profesor se interesó por mí y por mi trabajo durante estas semanas. Hace unos años tuve un encontronazo con este profesor, unas palabras algo directas que yo le espeté; pero no sé si él se acordaba, y, en cualquier caso, me desarmó con su amable cercanía.
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| La entrada de los estudios Cinecittà |
Si san Josemaría Escrivá es el hombre de Villa Tevere, Federico Fellini es el hombre de Cinecittà, los estudios de cine que están a las afueras de Roma, cerca de la Via Tuscolana. Ayer, sábado, había decidido ir de excursión a Cinecittà; de repente me di cuenta de que ese día era el cumpleaños de mi padre, que falleció hace poco más de tres años. Qué mejor manera de darle un homenaje, pensé, pues mi padre era un apasionado del cine, y, no me cabe duda, Fellini era su director favorito. Cogí el metro hasta los estudios de cine, y me acordé del comienzo de la alocada película Intervista, en la que un joven personaje que figura ser Fellini viaja por primera vez en un tranvía, el tranvetto, a la ciudad del cine. He de decir que me lo pasé muy bien: vi los vestuarios utilizados en los grandes peplum, escenas de películas míticas, el interior de un submarino de la segunda guerra mundial, los edificios recreados de la Antigua Roma y el exterior del Estudio 5, donde Fellini rodó muchas de sus películas —la Via Veneto de La dolce vita se hizo allí— y donde, después de fallecer, quiso que fuera velado su cuerpo. Al terminar el día, sentado en el tren, me preguntaba quién era el hombre de Cinecittà, si Fellini, yo o mi padre. No lo sé. Los dos me habían acompañado mientras paseaba por la ciudad de los sueños.
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| El vestuario a Richard Burton en Cleopatra |
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| Placa en homenaje a Fellini en el Estudio 5 |
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| El estudio 5 de Cinecittà |
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La recreación de la Roma imperial
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| Federico Fellini se baja del coche |
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