Quisiera escribir unas líneas sobre mi pasaje humano de Roma. Cuando pensamos en una ciudad, más si es Roma, enseguida nos vienen a la imaginación los edificios, los grandes monumentos, los parques, el río Tíber. Sin embargo, una ciudad no adquiere valor para nosotros hasta que no la llenamos de un significado personal y, valga la redundancia, ese significado lo dan las personas que encontramos en ella. Que no se asuste el lector, temeroso de un inminente pedaleo filosófico; sólo quería introducir el asunto del que voy a hablar: algunas personas que he conocido durante las semanas que llevo en Roma, y que hacen que esta ciudad haya adquirido para mí un significado personal.
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| Una estatua decapitada en Villa Aldobrandini |
En primer lugar están Germán y José Miguel, mis anfitriones en Roma. Ellos pertenecen, como yo, al Opus Dei, y esto hace que existiera un nexo común previo a cuando llegué a su casa, en el barrio del Parioli, hace ya más de un mes. Aunque he de reconocer que, siendo miembros de la misma familia espiritual, no nos parecemos más que en el blanco del ojo, como suele decirse. Tanto Germán como José Miguel vinieron a Roma a trabajar en oficios relacionados con la reparación y el mantenimiento de casas de la Obra en Roma, como Villa Tevere o Cavabianca. Así que, cuando yo les explico que he venido a Roma a trabajar en un par de bibliotecas para avanzar con la escritura de un libro de estética, me miran con expresión etrusca, con cara de núcleo, vamos, y siguen la conversación por otros derroteros. Asimismo, tanto uno como otro son gente sin doblez ni engaño, uno de un pueblo cercano a Vigo, el otro de la cuenca navarra; tienen un planteamiento sencillo de la vida, que en los desayunos más espléndidos se manifiesta en los huevos con chistorra, y, cuando llega la hora de cenar, en recetas sencillas con vino abundante (el agua es para que floten los barcos, creo que dirían al unísono). Este contraste de caracteres me lo pone difícil cuando he de elegir una película para ver un sábado por la noche. La primera vez, estaba yo solo con José Miguel, él me dijo que quería "una de helicópteros", y, la verdad, no sabía qué hacer. Pero la Providencia actúa y, hasta ahora, las dos películas que he elegido han tenido éxito: Todos los nombres de Dios y El duodécimo hombre, las dos con un argumento de supervivencia y mucha tensión.
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| Limones al atardecer en los jardines de Villa Giulia |
Quique, profesor de la Pontificia Università della Santa Croce (PUSC), es otro imprescindible. Nos conocemos desde hace unos cuantos años, y me ha acogido con los brazos abiertos en la PUSC. Aunque es de origen valenciano, él lleva media vida en Roma, y a veces se le olvidan las palabras en español y las mezcla con el italiano. Con cierta frecuencia me escribe un mensaje por la mañana para tomar un café un poco antes de las 11 en el ya mencionado Caffè Perù. Allá estamos un rato en el que yo le cuento de mis avances con el libro de estética o él me habla de alguna película que ha visto recientemente. He de decir que, mientras yo me decanto por el cine europeo, independiente y un poco lento (café para muy cafeteros, diría un amigo mío), pienso que él se inclina por películas de hechura clásica, con un argumento claro, personajes redondos y ritmo ágil. El viernes pasado inauguramos un plan que espero se prolongue el tiempo que me queda en Roma: ir a ver por la tarde una película de estreno al Nuovo Olimpia, un pequeño cine que está no muy lejos de la Universidad. El título escogido fue La zona de interés, una inquietante película —con un uso brillante del lenguaje cinematográfico— sobre la vida doméstica de Rudolf Hoss, el comandante del campo de concentración de Auschwitz. Después de la película dimos un paseo, tomamos una pizza y más tarde un helado, pues la película nos había asombrado y teníamos mucho que comentar.
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| La estatua de Aleksandr Pushkin en Villa Borghese |
Ernesto es otro compañero de aventuras académicas. Como conté en una crónica anterior, Ernesto y yo somos profesores en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y los dos damos clase allí en el Grado en Filosofía, por lo que nos conocemos bien. Es una suerte poder tener a alguien como él en Roma, pues conoce la ciudad de maravilla, y, las veces que he quedado con él, me ha llevado a rincones poco conocidos para el turista medio, como pizzerías en callejones del Trastevere, parques medio escondidos, como la Villa Aldobrandini, o cuchitriles de poca monta donde te sirven un buen plato de pasta. "Luego no lo publiques por ahí", me dijo el sábado pasado, y yo me quedé callado. Ernesto no se anda con chiquitas, y cada semana va a cursos sobre diferentes temas en la Sapienza, la Gregoriana o el Angelicum. No me extraña que el otro día me dijera que estaba cansado y que no sabía cuánto tiempo más podría llevar ese ritmo. Será que los helados de Giolitti tienen propiedades benéficas, pues él me contó que siempre que podía iba a por uno de
cioccolato fondente con mucha nata encima para mitigar los grumos especulativos que le aquejaban al concluir el día.
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| La buenaventura de Caravaggio, en los Museos Capitolinos |
Concluyo esta crónica con Andrés, un inesperado compañero en mi estancia romana. Él supo de mi existencia por medio de un amigo común, también llamado Andrés (todo un pirata, a quien menciono en la primera de estas crónicas romanas), así que me escribió un mensaje para quedar un día y hablar. Enseguida nos dimos cuenta de que compartíamos muchos intereses —películas, libros, ideas— y eso ha dado pie a cenar juntos algún día, compartir un rato de tertulia con más personas el sábado pasado, visitar los fantásticos Museos Capitolinos, tomar una pizza... Y la conversación sigue, eso es lo mejor. He de decir que doy gracias a Dios por este inesperado amigo, pues me ha ayudado a redescubrir lo ilusionante que es compartir algo y hablar sobre ello. Me recuerda a lo que escribía C. S. Lewis en uno de sus ensayos: "Los amigos seguirán haciendo alguna cosa juntos, pero hay algo más interior, menos ampliamente compartido y menos fácil de definir; seguirán cazando, pero una presa inmaterial; seguirán colaborando, sí, pero en cierto trabajo que el mundo no advierte, o no lo advierte todavía; compañeros de camino, pero en un tipo de viaje diferente". Como es presumible, me dejo en el tintero a otras personas que pueblan mis días. Estos cuatro retratos sólo han sido un botón de muestra de mi paisaje humano de Roma.
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| Angelotes en las bóvedas de Villa Giulia |
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