miércoles, 18 de febrero de 2026

Ash Wednesday

Escribo estas líneas un miércoles de ceniza, Ash Wednesday, y lo que más retengo en mi memoria de esta semana es la imagen de una habitación en el cuarto piso de una casa familiar donde un hombre está moribundo. Javier es un arquitecto español, numerario del Opus Dei, que ha pasado toda su vida en Inglaterra y, tras una larga enfermedad, está ya en sus últimos días. Desde Netherhall, la residencia universitaria donde vivo, vamos algunas tardes de dos en dos o de tres en tres, de cuatro a seis, a hacerle compañía. Gracias a Dios, y a pesar del cáncer, Javier conserva su buen humor. El otro día, cuando le dije que estábamos “montando guardia”, me dijo que esperaba que no estuviésemos “montando la gorda”. También el lunes pasado nos pusimos a hacer unos dibujos en una servilleta y, al preguntarle si él era bueno dibujando, me respondió sin pestañear: “¡Cojonudo!”. Otras veces nos dice que está muy cansado y nos echa de su habitación con cajas destempladas, porque está harto de nosotros, pero estoy seguro de que lo dice con la confianza que le da el cariño.

Fleet Street, junto a mi universidad, un soleado mediodía

Estas primeras líneas me llevan a contar algo más al atento lector sobre Netherhall, el lugar donde vivo. Es una residencia universitaria promovida por el Opus Dei e inaugurada por la Reina Madre allá por 1966, si no me bailan las fechas. Ahora mismo vivimos en la casa alrededor de treinta personas, algunas de ellas jóvenes profesionales y la mayoría universitarios de diferentes países que están estudiando la carrera en alguna universidad londinense. Los hay chinos, indios, pakistaníes, holandeses, italianos, ingleses, franceses, portugueses y, claro, unos cuantos españoles. Como uno puede suponer, nuestro medio de comunicación no es la lengua de signos, sino el inglés, aunque a falta de palabras uno siempre puede sacar las manos a pasear. He de decir que agradezco mucho cómo bulle la vida en este lugar, al que uno regresa cada tarde —después de unas cuantas horas solitarias en la biblioteca del King’s College o del Warburg Institute— con la ilusión de retomar conversaciones y preguntar al de al lado qué tal le ha ido el día.

El oratorio (capilla) de Netherhall, un lugar hermoso y recogido

También los desayunos son otro momento de encuentros, aunque algunos estemos aún saliendo del estado zombi y apenas seamos capaces de trabar una frase decente, no digamos si es en inglés. “No eres café hasta que no te has tomado tu persona”, le dije el otro día a Raphael, evocando un anuncio que estaba por Madrid en otoño, y le entró la risa. Pero a uno se le levanta el ánimo al comprobar que el desayuno sigue siendo una tradición de la que los anglos hacen gala: huevos pasados por agua, queso, jamón, tostadas, marmalade, cereales, yogures, y otras tantas delicias alegran las mesas por la mañana. Continuando con lo gastronómico —será que es miércoles de ceniza y sólo pienso en comida—, ayer por la noche fue Pat, de origen chino, quien llenó la mesa de la sala de estar con chucherías procedentes de su tierra: había que festejar en año nuevo chino, el año del caballo. Nos lo pasamos muy bien tratando de repetir alguna frase en esa lengua arcana, bebiendo milk tea, sea eso lo que sea, y comiendo dulces de lo más extraños, hechos con algas y tofu.

Me la hizo Jake, comparándome con un anuncio de barbería

No querría cerrar esta crónica londinense sin una nota artística. El sábado pasado decidí visitar otro museo —no sé si esto se convertirá en tradición, ojalá sí— y le llegó el turno a la Wallace Collection, situada cerca de Oxford Street y Spanish Place. Es un palacete noble que, creo recordar, fue embajada española tiempo atrás, y hoy alberga una colección de artes pictóricas y decorativas de primer nivel. Una vez más, fue el inquieto Mathieu, universitario holandés de mirada penetrante, quien me acompañó en mi aventura de la belleza. Visitamos en primer lugar un cuadro de Caravaggio, Amor vincit omnia, que ha venido por unos meses a la Wallace desde Berlín: lo tenían expuesto en el sótano, en una gran sala oscura donde sólo esta obra destacaba iluminada al fondo. Es una imagen algo provocativa, la de un cupido adolescente desnudo, con dos flechas en la mano y a sus pies una serie de objetos —coronas, instrumentos musicales, herramientas de construcción, una bola del mundo— que representan los afanes humanos que terminan por sucumbir a la fuerza de eros, sobre la que tan bellamente escribió Platón en su Banquete (me viene a la cabeza porque lo leo todos los años con los alumnos de filosofía). Después de Caravaggio nos dirigimos a la planta primera, que alberga la colección de pintura, y allí nos deleitamos contemplando a los holandeses del siglo XVII (Rembrandt, pero no sólo él) y a los españoles, pues hay unos cuantos Murillos en la colección. No es mala manera de empezar el fin de semana.

La obra maestra de Caravaggio

La sala grande de la Wallace Collection


domingo, 8 de febrero de 2026

Mars Attacks!

Hace dos días, el viernes por la noche, fui invitado por Jake a un cinefórum en el Oratorio de Londres, Brompton Road, en una casa —situada junto a la célebre iglesia neo-barroca— de techos altísimos, moqueta de un grosor desmedido y estanterías de libros polvorientos que llegan hasta arriba. En ese lugar tan noble y solemne iba a tener lugar una proyección casera de la película Mars Attacks!, dirigida por Tim Burton en los noventa, precedida por una cena compuesta por patatas de bolsa, un pastel salado de cebolla y maíz, mince pies y refrescos variados. Nos reímos mucho viendo la alocada película, parodia de las películas americanas sobre extraterrestres de los años cincuenta. He de decir también —lo digo con cariño, sin mala leche— que los jóvenes católicos que encontré en el lugar me parecieron singulares: educados, amables, con un sentido del humor marcadamente británico y una forma de vestir algo desfasada. Nadie es perfecto, como diría Billy Wilder. Cuento la anécdota como arranque de esta crónica londinense, pues jamás hubiera imaginado que a pocos días de llegar a esta ciudad iba a participar en un plan tan original.

El avión en el que viajé a Londres, en el aeropuerto de Barajas.

Aterricé hace sólo una semana en Londres, como los marcianos de la película, pero tengo la extraña sensación de que llevo aquí un periodo indefinido que podría oscilar entre uno y varios meses. Esto se debe, seguramente, a que es la quinta vez que vengo a Inglaterra a hacer una estancia larga, y todo tiene para mí un aire familiar, aunque cada día me trae experiencias nuevas. La razón de mi aventura londinense es una estancia de investigación en King’s College, una universidad en la que pasé dos veranos durante mi tesis doctoral, allá por 2017 y 2018, también investigando. Como en aquellos veranos, cuento con la supervisión de Catherine, profesora y vieja amiga, que me ha acogido en su universidad como Visiting Scholar, el nombre no suena nada mal. Mi entrada en King’s College, por así decir, fue al día siguiente de aterrizar: me dieron una lustrosa tarjeta donde pone Staff, personal, que me permitió pasar aquella misma tarde trabajando en la gran biblioteca universitaria, de estilo neogótico, la Maughan Library. Al entrar en aquel edificio y sentarme en una de sus mesas de color gris azulado tuve la impresión de volver al pasado, a los días en que escribía mi tesis y leía sobre el cine Terrence Malick. También sentí un cierto vértigo al pensar que he venido para estar seis meses, y no dos, como sucedía aquellos veranos.

Chancery Lane, la calle donde está la biblioteca de King's College.

A lo largo de esta primera semana se han sucedido una serie de encuentros tan agradables como sorprendentes, y por los que estoy muy agradecido. El martes quedé a comer con Jaime, un amigo a quien conozco de algunos encuentros en Madrid y en la Universidad de Navarra. Está estudiando un máster en el Warburg Institute, muy cerca de Russell Square, y me invitó a comer con él ese día. Iba yo tan contento al lugar cuando salió Jaime a recibirme, y lo primero que me preguntó es si había traído mi sándwich. Yo le dije que no, que pensaba que íbamos a comer a algún sitio; y entonces me acordé de que el concepto de lunch, comida, es bastante escurridizo en estas tierras de los anglos, y que nunca hay que dar por supuesto que la comida vaya a tener entidad alguna. Fuimos a un tenderete cercano donde unos simpáticos libaneses nos prepararon unos shawarma (algo similar a un burrito) bastante sabrosos, que nos comimos en una de las salas comunes del Warburg, mientras nos poníamos al día de nuestras vidas.

Autorretrato frente al Warburg Institute.

Otro encuentro memorable tuvo lugar el jueves, pues asistí a una conferencia en la Senate House Library, una inmensa biblioteca también cercana a Russell Square, impartida por mi vieja amiga Catherine sobre la serie Adolescencia. Fue una sesión tremendamente interesante sobre cómo esta serie plasma la comunicación (o falta de comunicación) entre padres e hijos, y sobre cómo el intercambio de palabras entre dos personas puede conducirlas a un cierto conocimiento, pero no tan fácilmente a un reconocimiento. Al entrar en la sala donde tenía lugar la sesión, no muy grande, saludé a Catherine, y enseguida la estudiante que estaba a cargo de la organización me preguntó a quemarropa si quería ir a cenar con los profesores, pues se habían caído algunos invitados. Yo le dije que sí, y al final fuimos cuatro los invitados que terminamos cenando en un estupendo restaurante italiano donde habían reservado una mesa: Da Paolo, en el barrio de Fitzrovia. Si bien enseguida me di cuenta de que los cuatro comensales —Catherine, un profesor casi jubilado de la universidad de Birckbeck, un estudiante de postgrado de filosofía con melena a lo heavy metal y uñas pintadas, y yo— éramos muy diferentes, enseguida entablamos una entrañable conversación donde hablamos de nuestras experiencias como profesores, la filosofía de Spinoza y los churros con chocolate de San Ginés, en Madrid, que el anciano profesor recordaba embelesado.

Autorretrato, esta vez no es mío, en la National Gallery.

No quiero alargar más esta crónica, para no abusar de la paciencia del lector. Dejo en el tintero otros planes memorables de la semana, como la entrañable comida de este viernes en Orme Court, la casa central del Opus Dei en Gran Bretaña, y la visita a la sección de pintura renacentista de la National Gallery el sábado por la mañana en compañía de Mathieu, uno de los estudiantes que viven en Netherhall, la residencia universitaria donde vivo. Como dirían en la famosa película La batalla de Inglaterra, que de pequeño me tragué infinidad de veces: the battle of France is over, the battle of Brittain is about to begin!

La Maughan Library, la biblioteca de King's, por dentro.