Escribo estas líneas un miércoles de ceniza, Ash Wednesday, y lo que más retengo en mi memoria de esta semana es la imagen de una habitación en el cuarto piso de una casa familiar donde un hombre está moribundo. Javier es un arquitecto español, numerario del Opus Dei, que ha pasado toda su vida en Inglaterra y, tras una larga enfermedad, está ya en sus últimos días. Desde Netherhall, la residencia universitaria donde vivo, vamos algunas tardes de dos en dos o de tres en tres, de cuatro a seis, a hacerle compañía. Gracias a Dios, y a pesar del cáncer, Javier conserva su buen humor. El otro día, cuando le dije que estábamos “montando guardia”, me dijo que esperaba que no estuviésemos “montando la gorda”. También el lunes pasado nos pusimos a hacer unos dibujos en una servilleta y, al preguntarle si él era bueno dibujando, me respondió sin pestañear: “¡Cojonudo!”. Otras veces nos dice que está muy cansado y nos echa de su habitación con cajas destempladas, porque está harto de nosotros, pero estoy seguro de que lo dice con la confianza que le da el cariño.
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| Fleet Street, junto a mi universidad, un soleado mediodía |
Estas primeras líneas me llevan a contar algo más al atento lector sobre Netherhall, el lugar donde vivo. Es una residencia universitaria promovida por el Opus Dei e inaugurada por la Reina Madre allá por 1966, si no me bailan las fechas. Ahora mismo vivimos en la casa alrededor de treinta personas, algunas de ellas jóvenes profesionales y la mayoría universitarios de diferentes países que están estudiando la carrera en alguna universidad londinense. Los hay chinos, indios, pakistaníes, holandeses, italianos, ingleses, franceses, portugueses y, claro, unos cuantos españoles. Como uno puede suponer, nuestro medio de comunicación no es la lengua de signos, sino el inglés, aunque a falta de palabras uno siempre puede sacar las manos a pasear. He de decir que agradezco mucho cómo bulle la vida en este lugar, al que uno regresa cada tarde —después de unas cuantas horas solitarias en la biblioteca del King’s College o del Warburg Institute— con la ilusión de retomar conversaciones y preguntar al de al lado qué tal le ha ido el día.
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| El oratorio (capilla) de Netherhall, un lugar hermoso y recogido |
También los desayunos son otro momento de encuentros, aunque algunos estemos aún saliendo del estado zombi y apenas seamos capaces de trabar una frase decente, no digamos si es en inglés. “No eres café hasta que no te has tomado tu persona”, le dije el otro día a Raphael, evocando un anuncio que estaba por Madrid en otoño, y le entró la risa. Pero a uno se le levanta el ánimo al comprobar que el desayuno sigue siendo una tradición de la que los anglos hacen gala: huevos pasados por agua, queso, jamón, tostadas, marmalade, cereales, yogures, y otras tantas delicias alegran las mesas por la mañana. Continuando con lo gastronómico —será que es miércoles de ceniza y sólo pienso en comida—, ayer por la noche fue Pat, de origen chino, quien llenó la mesa de la sala de estar con chucherías procedentes de su tierra: había que festejar en año nuevo chino, el año del caballo. Nos lo pasamos muy bien tratando de repetir alguna frase en esa lengua arcana, bebiendo milk tea, sea eso lo que sea, y comiendo dulces de lo más extraños, hechos con algas y tofu.
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| Me la hizo Jake, comparándome con un anuncio de barbería |
No querría cerrar esta crónica londinense sin una nota artística. El sábado pasado decidí visitar otro museo —no sé si esto se convertirá en tradición, ojalá sí— y le llegó el turno a la Wallace Collection, situada cerca de Oxford Street y Spanish Place. Es un palacete noble que, creo recordar, fue embajada española tiempo atrás, y hoy alberga una colección de artes pictóricas y decorativas de primer nivel. Una vez más, fue el inquieto Mathieu, universitario holandés de mirada penetrante, quien me acompañó en mi aventura de la belleza. Visitamos en primer lugar un cuadro de Caravaggio, Amor vincit omnia, que ha venido por unos meses a la Wallace desde Berlín: lo tenían expuesto en el sótano, en una gran sala oscura donde sólo esta obra destacaba iluminada al fondo. Es una imagen algo provocativa, la de un cupido adolescente desnudo, con dos flechas en la mano y a sus pies una serie de objetos —coronas, instrumentos musicales, herramientas de construcción, una bola del mundo— que representan los afanes humanos que terminan por sucumbir a la fuerza de eros, sobre la que tan bellamente escribió Platón en su Banquete (me viene a la cabeza porque lo leo todos los años con los alumnos de filosofía). Después de Caravaggio nos dirigimos a la planta primera, que alberga la colección de pintura, y allí nos deleitamos contemplando a los holandeses del siglo XVII (Rembrandt, pero no sólo él) y a los españoles, pues hay unos cuantos Murillos en la colección. No es mala manera de empezar el fin de semana.
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| La obra maestra de Caravaggio |
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| La sala grande de la Wallace Collection |
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