domingo, 23 de julio de 2017

Vértigo

Los blancos acantilados de Dover
Esta semana ha terminado con una encantadora excursión a Dover, una pequeña ciudad situada en el sur de Inglaterra; el punto más próximo al continente europeo. Paseando por los altos y blancos acantilados, ha venido a mi cabeza el título de esta crónica: vértigo. En cierto modo, siento vértigo al mirar esta semana que empieza, mi última semana completa en Londres. Los días de investigación tocan a su fin, pero la tarea que me quisiera concluir (espero que con éxito) esta semana es importante: terminar el capítulo que estoy escribiendo aquí de mi tesis doctoral. Toca escribir las últimas páginas del capítulo, las más importantes: ¿es el cine de Terrence Malick un cine simplemente ‘espiritual’ o es algo más? ¿Es un cine que revela a Dios? ¿Es cristiano? Por aquí me gustaría que discurrieran estas páginas, pero todavía no sé exactamente los caminos. Mañana tengo una reunión con Catherine, mi supervisora de King’s College, y espero sacar alguna idea del encuentro.

Ideal Sandwiches: un lugar cutre y con buenos desayunos
Estos últimos diez días han sido más intensos de lo habitual. En julio, Netherhall –mi residencia– tiene un horario más veraniego: esto implica que todo se retrasa un poco. Entre otras cosas, también implica que si sigo este horario llego a la biblioteca a eso de las diez. Tal vez sea por mi espíritu kantiano, pero tomé la decisión de no seguir este horario y hacer uno más temprano. Una decisión difícil, que supone acudir a una Misa de valientes (prefiero no decir la hora para no escandalizar) y buscarme las castañas para el desayuno. Después de probar diferentes chiringuitos y tugurios con desayuno, he encontrado una pequeña cafetería en la calle de mi biblioteca –Chancery Lane– que responde a mis expectativas. Se llama “Ideal Sandwiches”, y podría aparecer perfectamente en una de esas películas de Scorsese de los años 70 –del estilo de Malas calles– ambientadas en el barrio italiano de Nueva York, Litte Italy. La cafetería la regenta un matrimonio de Montenegro con algún familiar más, sirven buenos breakfast sandwiches –el de huevo con salchichas está bastante rico– y el café es bueno, algo no muy habitual en Londres; y además es barato. Resulta muy divertido ver cómo la señora se conoce a todos los trabajadores que van por la mañana a recoger su take away breakfast: Tony, Charly, Robert... Los llama a todos por su nombre y tiene preparados dos o tres piropos para cada uno, cada mañana. Después de uno de estos sustanciosos desayunos, el día de tesis es coser y cantar.

En el tea room del faro de Dover, con Tiago (izquierda) y Antonio (derecha)
Por lo demás, intento pasar muchas horas en mi biblioteca, la Maughan Library. Mi tarea es escribir y escribir, leer algo que me falta para coger esta idea o aquella otra, y seguir escribiendo. Últimamente, en el descanso de la comida suelo reunirme con Fede, un italiano que ha venido a Londres a hacer un curso en la London School of Economics (LSE) y que vive en Netherhall. Otros días nos reunimos algunos más, cada uno con su “triste sándwich” o lo que buenamente haya podido comprar para comer ese día. El camino hasta la LSE es corto, pero me permite encontrarme con mi amigo, santo Tomás Moro. Ahí me lo encuentro siempre: subido a su hornacina, quieto, callado; yo le miro y él me mira. Después de comer con Fede o con la panda de la LSE –y de dar las buenas tardes a Moro– es más fácil volver a la biblioteca y apurar las horas que me quedan hasta la tarde, cuando vuelvo a Netherhall para la cena.

El viernes pasado, después de un día intenso de biblioteca, me debatía entre trabajar un poco más en Netherhall o ir a emborracharme a un pub cercano. Finalmente fue Chema quien me animó a escoger la segunda opción: fuimos a Freemasons Arms, en Hampstead, a beber una buena pinta de cerveza con algunos más de la casa. El día siguiente, sábado, fue muy tranquilo. Por la mañana cogí por los cuernos a una de las pesadillas que me persiguen estos días: preparar las guías docentes para las asignaturas que el año que viene voy a impartir en la Universidad Rey Juan Carlos. Me hace una ilusión tremenda empezar a dar clases, pero la parte burocrática del asunto se me atraganta. Menos mal que al día siguiente –es decir, hoy– he ido con Antonio, mi director de tesis, y con Tiago –un portugués que vive en Netherhall, mencionado anteriormente por “el cronista de Pozuelo”– de excursión a Dover.

Una pintura urbana del famoso Bansky, en Dover, sobre el Brexit
Por aquello de ser precavidos, hemos asistido a una Misa temprana en el famoso Oratorio de Brompton Road. El pequeño detalle es que era una Low Mass celebrada según la forma tradicional –dicho técnicamente, “la forma extraordinaria del rito latino”– anterior a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Sin duda es una liturgia más rica y compleja, pero al ser low (no solemne), el sacerdote hablaba para el cuello de su camisa y solo contestaba el monaguillo. Qué le vamos a hacer, la Iglesia suple. El resto del día ha transcurrido por los acantilados de Dover: un paseo estupendo –contemplando la costa de Francia en la distancia– y coronado con una buena taza de té en la tea room del faro de Dover, mientras Antonio recordaba –entre risas y anécdotas– las palabras del Enrique V de Shakespeare en la batalla de san Crispín. “Nos pocos, nos felices pocos, nos banda de hermanos...”.

Un delicioso afternoon tea después de una larga caminata

Dover, ¿la última frontera del mundo civilizado?

domingo, 16 de julio de 2017

La culpa fue del chachachá

El palacio de Blenheim, que visité con mi madre y mi hermano
Ha pasado algún tiempo desde la última crónica de mis andanzas; menos mal que un mañoso cronista de Pozuelo acudió en mi ayuda para la anterior entrega de noticias londinenses. La verdad, han ocurrido muchas cosas: lo que sigue es solo una pequeña muestra que pretende recoger el espíritu de estas últimas semanas. El hecho de no escribir no me ha impedido darle vueltas a las cosas, y desde hace un tiempo tenía en la cabeza el título de esta entrega: “La culpa fue del chachachá”. 

Se preguntará el lector a santo de qué traigo a la palestra el título de una canción trasnochada. Creo que resume bien lo que me ha sucedido algunos de estos días. Por una semana cambié la biblioteca y los libros por el “chachachá”; para beneficio de mi salud mental, sin duda: primero, la visita del grupo de universitarios procedentes del Club Ceah de Madrid; inmediatamente después, la visita de mi madre y mi hermano Jaime, que estuvieron conmigo hasta el final de aquella semana. No puedo añadir nada sustancioso a los días que pasé con mis amigos de Ceah: fueron días intensos, de “patear” Londres de arriba abajo, tomar buenas pintas de cerveza o sidra y poder retomar el contacto con algunos ilustres de Madrid. Los días con mi madre y mi hermano estuvieron muy bien: primero visitamos Edimburgo por tres días, luego Londres y, finalmente, viajamos a Oxfordshire para adentrarnos en los majestuosos dominios del Duque de Marlborough, es decir, el palacio de Blenheim y sus alrededores. La lluvia no impidió que pudiéramos pasear a gusto a lo largo del Royal Mile de Edimburgo, visitar una fascinante exposición sobre los bocetos y acuarelas de la entomóloga Maria Merian, tomar un buen plato de fish and chips o asistir a una Misa católica el día de san Pedro y san Pablo en St Joseph’s House, con su posterior colación de té y pastas a cargo de una simpática monja de las Hermanitas de los Pobres. Londres tampoco estuvo mal, especialmente la visita al mercadillo de Portobello Road y la obra de teatro The Mousetrap, cuyo final he jurado solemnemente no desvelar.
Un buen plato de fish and chips...

El mismo lunes en que despedí a mi madre y mi hermano me embarqué en un tren rumbo a la pequeña ciudad de Lancaster, situada en la costa oeste de la isla, justo encima de Gales. El motivo de mi viaje era un congreso de... ¡Cine y filosofía! Una combinación exótica que yo mismo pongo en práctica –de algún modo– cada día, mientras escribo mi tesis doctoral. Pues sí, la “Film-Philosophy Conference” me llevó a Lancaster. Puedo decir que no iba completamente de nuevas, pues el año pasado asistí a este mismo congreso, aquella vez en Edimburgo. En Lancaster pude reencontrarme con algunos conocidos del año anterior y conocer a algunas personas nuevas. Me dio especial alegría volver a ver a Britt, una profesora de la Universidad de York con la que sintonicé muy bien en Edimburgo y con la que he seguido en contacto; a Mark, un canadiense al que ya conocía de la vez anterior, y a George, el estudiante de doctorado del King’s College de Londres que me ha facilitado tantas cosas para venir a esta tierra.

Durante una de las cenas del congreso de cine y filosofía
En pocas palabras, diré que el congreso tuvo sus partes mejores y peores: lo mejor, sin duda, fueron los coffee breaks y las comidas, donde podías hablar de tú a tú con gente interesante y compartir ideas; lo peor, tal vez, fueron algunas de las presentaciones. ¿Por qué? ¿Acaso eran aburridas? No exactamente, pero hoy día en las áreas relacionadas con las humanidades es bastante habitual encontrar siempre el mismo tipo de enfoques: teoría de género, teoría queer (quien sepa entender que entienda) y posmodernidades del estilo. Hace unos meses leí un artículo de una profesora de literatura de Estados Unidos que denunciaba esta tendencia y animaba a los académicos del mundo a combatirla con “pequeños actos de valentía” (tiny acts of courage). Esta idea se me quedó grabada en la mente, y desde entonces me he propuesto ponerla en práctica. En este sentido, la presentación que hice en el congreso era un “pequeño acto de valentía”, por algunas de las ideas que exponía. Diré, por último, que ir a Misa todos los días en Lancaster fue una aventura homérica. No olvidaré mi primera mañana: desayuné temprano y cogí un bus que me dejó cerca de un colegio católico donde, según me habían informado, se celebraba una Misa. Llego, y la puerta de la iglesia está cerrada; llamo a la casa parroquial y la señora me dice que ni ese día ni el siguiente habrá Misa. Bajón absoluto, lluvia, y nada que hacer hasta el mediodía, que era la Misa en la catedral. Al siguiente día me fue imposible asistir –la única Misa en la zona era a la misma hora que la presentación que daba– y temía que me ocurriera lo mismo al día siguiente. Arriesgué y volví al colegio, sintiéndome un poco con la incertidumbre de Abrahán camino del monte de Moria (recuerdo que eran las lecturas de la liturgia en esos días). Finalmente, como en la historia del patriarca, todo salió bien.

Por lo demás, los días posteriores a Lancaster han sido de bendita rutina. Biblioteca, sándwich, biblioteca, y vuelta Netherhall. Es lo que necesito: ponerme las pilas con la tesis, escribir. Aunque entre biblioteca y sándwich pude ir esta semana con mi amigo George y un tercero –amigo suyo– a ver la última película de mi amigo Terry Malick: Song to Song. Una película difícil, a veces muy dura, pero con un cierre luminoso, lleno de esperanza. La sombra de Malick es alargada, y parece cubrir mi entera existencia en estos días londinenses.

Una graciosa advertencia que encontré en el tren hacia Lancaster

Una presentación del congreso fue sobre Sospechosos habituales

El desayuno de los campeones para un día de tesis

martes, 11 de julio de 2017

Crónica de cuatro días londinenses, contada por un cronista de Pozuelo

[Nota del editor: Lo que sigue es la crónica de los días londinenses en los que un grupo amigos del Club Universitario Ceah de Madrid vinieron a la capital británica a hacerle(me) una visita de unos cinco días. Llegaron un sábado por la tarde y se fueron el siguiente miércoles. Esta vez no soy yo el que escribe, sino Federico, uno de los ilustres que me alegraron la vida con su visita].

De derecha a izquierda, Gonzalo, Fede (el cronista), Diego (arriba), Nano y el menda.

I. Accionistas de Ryanair

Primer día. Como de costumbre, el tiempo y yo no nos entendemos. Llego a las 9:45 a la T1 del aeropuerto de Madrid y hasta las 13:35 no sale el vuelo FR5995 para Londres. El primero en llegar es Diego, y poco después llegan Gonzalo –un chaval de mi colegio del 98– y más tarde Nano, numerario del Opus Dei. Nos espera un camino arduo pero poco tedioso. El primer contratiempo que rompe la rutina del aeropuerto surge a las puertas del embarque: a Diego le multan con 50 euros por sobrepasar las dimensiones permitidas para su maleta. “Vaya robo”, dice él. Sin embargo, ahora se ha convertido en el principal accionista de Ryanair.

Seré rápido en cuanto al vuelo y el transporte: son dos horas de vuelo, cargadas de publicidad barata para billetes baratos. Cuando llegamos al aeropuerto de Stansted, Pablo nos espera. La primera sorpresa estaba por llegar: ¡PUM! 18 libras de viaje hasta el centro de Londres, concretamente hasta la estación Victoria. Nada más llegar empezamos a intuir el futuro problema que vamos a tener: la pasta. Teniendo en cuenta que –ajustándonos al presupuesto acordado– nos quedaban, después del ¡PUM!, 35 libras y que el metro londinense es lo más caro que hay –hasta 5 euros por billete simple–, nos quedan 10 libras para el resto de los días. El sistema del metro es un poco extraño: no va por días, sino que cada uno dispone de una tarjeta de saldo que va recargando.

Llegamos a Netherhall House, una residencia del Opus Dei inaugurada por la Reina Madre en 1966, situada en Finchley Road. En la residencia hay tres tipos de habitaciones, según su antigüedad y precio, y una gran variedad étnica: dicen que hay un treinta por ciento de españoles y que el resto es una mezcla cultural. Netherhall dispone de unos comedores donde cenamos por primera vez el High Tea, y donde se hace un poco la vida social. Allí conocemos a un tal Zé, portugués y vacilón, y al estudiante polaco de la Royal Academy of Music, Jacob.

Disponiendo de un par de horitas después de la cena, vamos a Londres a ver qué se cocía por ahí. Empezamos fuerte: Trafalgar Square, donde está la estatua del valiente almirante Nelson, muerto en combate por un tiro. Todavía se conserva la bala en algún lugar que no alcanza mi memoria. En Trafalgar Square hay unos leones que, al parecer, fueron hechos con la fundición de los cañones rusos capturados en la Guerra de Crimea. Después cruzamos andando bajo el monumento que Eduardo VII erigió en su décimo año de reinado, el Admiralty Arch. Subimos hacia Buckingham Palace, rememorando las historias y el simbolismo de la monarquía británica, dejamos a la izquierda James Park y a la derecha Green Park. Detrás del palacio hay unos jardines privados, que de vez en cuando se abren al público. Detrás se encuentra High Park: un vasto parque del tamaño de dos parques del Retiro juntos. Andamos un poco más, bordeando el mencionado parque hasta la estación de metro, para volver a casa porque la piernas ya empezaban a fallar. Hasta otro día.

II. La Providencia se nos hace presente

Segundo día. Tras un profundo sueño propiciado por el vuelo y las caminatas, nos levantamos hacia las 8:30 para ir a desayunar. El desayuno comienza a las 9:30 y se cierra en media hora. Desayunamos un generoso, sabroso y saludable breakfast compuesto por un huevo frito con un trozo de bacon (de los de verdad), café, una tostada, zumo y cereales. Durante el desayuno se acerca de nuevo, con su matinal vacile, el portugués Zé; más tarde se unirá Jacob, el compositor. Tras el desayuno, rápidamente nos disponemos para ir a Misa, acompañados por Zé. Durante el viaje, Zé nos ha comentado –en una oportuna mezcla de inglés y español– que está estudiando el máster de matemáticas puras en Imperial College. Su objetivo es sacarse el doctorado y volver a su universidad de origen “To make it great again”. Me llama la atención lo incómodos pero veloces que son los metros en comparación con los de Madrid: su estructura no es cúbica, más bien son cilíndricos y por ello cuando el vagón está saturado debes ponerte pegado a la puerta del metro y tienes que curvarte demasiado. Al parecer el metro de Londres surgió a mediados del siglo XIX. Dato curioso. Bueno, nos bajamos en la parada y nos dirigimos hacia la iglesia. Para sorpresa nuestra, se trata de una iglesia gótica, pequeña, acogedora y preciosa adosada a dos edificios modernos. Se llama St Etheldreda’s Church y justo hoy se celebraba el día de la santa. Resulta ser una Misa muy cuidada y solemne, fiel representante del detallismo, talante y clase de Inglaterra. Es una Misa con un coro de catedral, donde se comulga bajo las dos especies y se entremezclan el latín, el inglés y el incienso ante una asombrosa vidriera donde los colores reviven con el diáfano sol que la viste.

Terminada la Misa, bajamos unas escaleras y la Providencia se nos hace presente. Encontramos a una amable mujer inglesa con una copa de vino en la mano, que repite a cada feligrés: “Please, come and join us”. Por ser el día de St Etheldreda, ¡habían organizado un banquete en la cripta! Sí, un banquete inglés, con toda su formalidad y elegancia. Varias mesas redondas y un par de mesas con un rico pudding, mi amado queso y comida inglesa típica. Esto rompe nuestros planes y el azar nos lleva a una mesa donde encontramos a un englishman militar muy culto e inteligente junto con su mujer e hija y dos hombres de avanzada edad, ingleses de sangre y muy agradables. Por un lado Diego está con Pablo hablando con uno de los dos ancianos; mientras Nano, Pérez, Tiago –un portugués muy amable que está en las prácticas de un MBA y que no he introducido– y yo hablamos con el englishman. Tras un copioso lunch, ha sido agradable conocer un poco el recorrido del catolicismo en Londres a lo largo de los siglos de la mano del militar. Ha sido fabuloso, sobre todo cómo nos han acogido, pero hay mucho que contar. Me gustaría decir que en Londres –debido a la multiculturalidad, independientemente de la seriedad inglesa– nos hemos sentido acogidos, escuchados y agradecidos.

Después de esto, nos dirigimos andando hacia lo que se conoce como la city, simbolizada por la imagen del dragón con la espada de san Pablo. Paseamos por la calle High Holborn, donde se nos presentó la idea de utilizar las bicicletas londinenses como medio de transporte: valen 2 libras por 24 horas y son más económicas y oportunas que el metro. Lo dejamos para el día siguiente. Nos dirigimos hacia los Royal Courts of Justice, pasando por la primera sede de la BBC, ahora perteneciente al King’s College. Después de dar un par de vueltas nos dirigimos hacia la biblioteca de King’s College, donde encontramos un pequeño jardín presidido por una estatua de Confucio. Después de un rato largo de conversación anduvimos hacia el Támesis, downstream hacia Westminster Abbey. Pasamos por unos bellos jardines, y llegando al parlamento, nos quedamos descansando en los jardines de la zona. Poco después cogemos el metro hacia el barrio de Chelsea, donde tenemos una sesión de orientación profesional con el hermano de Nano.

III. Botticelli, Harry Potter y la magia de las bicicletas 

Tercer día. Hoy toca desayuno normal. Pablo se entrevistaba en King’s College con su supervisora de tesis y hemos quedado con él en los Courts of Justice hacia las diez. Sin embargo, debido a los frecuentes contratiempos del metro, no por desgracia, nos hemos bajado en Westminster para andar por los jardines a la vera del Támesis. Poco después, tras unos fallidos intentos –por mi parte y la de Diego vos– de adelantar el alquiler de las bicis, llegamos. Allí nos esperaba Pablo, hambriento y satisfecho. Después de un rápido café, convenimos finalmente en usar las bicis. En una peligrosa trayectoria hacia Trafalgar Square entre autobuses y taxis londinenses, pacientes he de decir, Gonzalo Pérez pierde nuestra estela. Desaparece. Ante las carcajadas de Diego, reaparece Gonzalo con su bici para unirse al grupo: llevaba cuatro años sin montar una bici. A duras penas conseguimos entrar en la National Gallery, digo a duras penas por la falta de hueco en las estaciones de bici y por los controles a la puerta del museo. Tras visitar a la Virgen de las Rocas, varios Van Eyk y un Botticelli, nos “marcamos un macas” [McDonald’s. Nota del editor]. 

Tras la abundante mierda que comemos, siempre rica, emprendemos la marcha hacia la parte más mágica y de mayor belleza de Londres: Picadilly Circus y Regent Street. Nos adentramos en la magia novelesca de Harry Potter en la juguetería Hamley’s y en la cincuentona América de Forrest Gump en Picadily Street. Se hace presente la inercia en las piernas y el dolor en los talones, normal después de 20 km. De algún modo intentamos escapar de aquella repetición de grises en Regent Street hacia el verde de algún parque. Así pues, vamos a descansar a la sombra de un robusto árbol de Regent’s Park, para luego atravesar dicho parque hacia la iglesia que se escapa de mi memoria [Santo Tomás Moro. Nota del editor] y que acogerá la celebración de la fiesta san Josemaría Escrivá. Diego, sin embargo, prefiere ser atracado por dos libras a cambio de cierta libertad por Londres y se va a montar en bici. Nos reunimos con él en Netherhall tras la Misa, para descansar las piernas y rumiar la magia de Londres. Otro día.

IV. Atrapados por Londres

Cuarto día. Se comienza hacer cotidiano el levantarse a las siete, que las luces del baño se apaguen ante la inmovilidad en la ducha y el abundante desayuno. No obstante, Londres comienza a abandonarnos: mañana nos vamos. Así pues, descansados, frescos y con unas piernas oxidadas que se resisten a andar, nos dirigimos hacia el Museo Británico. Para ello cogemos el veloz y ahorrador metro y tras una matinal caminata llegamos. Nos humillan, como a ganado, a serpentear los obstáculos en la entrada del museo y, mareados, seguimos con el lógico cacheo. Personalmente, creo que éste museo es más atractivo al público que la National Gallery, quizás porque se hace más patente el hombre como obra creada y todo lo que gira a su alrededor. Visitamos momias, un relicario de la corona de espinas, restos humanos, construcciones monumentales y funerarias, además de la famosa piedra Rosetta, entre otras cosas.

A la visita cultural le sigue otra visita cultural, esta vez la famosa Foyles Bookshop, donde algunos –Diego, Pablo y yo– compramos un libro. A la salida toca comer y –cómo no– nos marcamos un rico “macas”. Pablo nos abandona después de la comida, pues va a ir a recoger a su familia; no obstante, antes de partir mañana, desayunará con nosotros. Después –toca un poco de ocio– nos dirigimos hacia Harrods: la magnífica e inmensa galería comercial de Londres. Allí encontramos unas salas aromatizadas que torturan nuestros estómagos y una tecnología que nos atrapa. Como curiosidad, encontramos una suerte de posters encuadrados con la firma de algún famoso en ellos. A la salida, a piñón fijo: metro hasta Netherhall, imprimimos los billetes de avión de la vuelta y vamos a Swiss Cottage. Sí, Swiss Cottage, un agradable pub inglés, enmoquetado hasta las cejas y donde nos espera la recién llegada familia de Pablo. Tras unas ricas “cerves”, sidras y disertaciones sobre la monarquía británica, ponemos fin al día tomando carrerilla para descansar bien. A la mañana siguiente, desde el avión, a apenas media hora de llegada a Madrid, puedo recordar que hemos visitado el agradable barrio de Finchley, comido fish and chips y sobre las 13:35 horas hemos cogido el autobús. Se ha acabado. Pero sin lugar a dudas ha sido un gran y revelador viaje. Muchas gracias.