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| Los blancos acantilados de Dover |
Esta semana ha terminado con una encantadora excursión a Dover, una pequeña ciudad situada en el sur de Inglaterra; el punto más próximo al continente europeo. Paseando por los altos y blancos acantilados, ha venido a mi cabeza el título de esta crónica: vértigo. En cierto modo, siento vértigo al mirar esta semana que empieza, mi última semana completa en Londres. Los días de investigación tocan a su fin, pero la tarea que me quisiera concluir (espero que con éxito) esta semana es importante: terminar el capítulo que estoy escribiendo aquí de mi tesis doctoral. Toca escribir las últimas páginas del capítulo, las más importantes: ¿es el cine de Terrence Malick un cine simplemente ‘espiritual’ o es algo más? ¿Es un cine que revela a Dios? ¿Es cristiano? Por aquí me gustaría que discurrieran estas páginas, pero todavía no sé exactamente los caminos. Mañana tengo una reunión con Catherine, mi supervisora de King’s College, y espero sacar alguna idea del encuentro.
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| Ideal Sandwiches: un lugar cutre y con buenos desayunos |
Estos últimos diez días han sido más intensos de lo habitual. En julio, Netherhall –mi residencia– tiene un horario más veraniego: esto implica que todo se retrasa un poco. Entre otras cosas, también implica que si sigo este horario llego a la biblioteca a eso de las diez. Tal vez sea por mi espíritu kantiano, pero tomé la decisión de no seguir este horario y hacer uno más temprano. Una decisión difícil, que supone acudir a una Misa de valientes (prefiero no decir la hora para no escandalizar) y buscarme las castañas para el desayuno. Después de probar diferentes chiringuitos y tugurios con desayuno, he encontrado una pequeña cafetería en la calle de mi biblioteca –Chancery Lane– que responde a mis expectativas. Se llama “Ideal Sandwiches”, y podría aparecer perfectamente en una de esas películas de Scorsese de los años 70 –del estilo de Malas calles– ambientadas en el barrio italiano de Nueva York, Litte Italy. La cafetería la regenta un matrimonio de Montenegro con algún familiar más, sirven buenos breakfast sandwiches –el de huevo con salchichas está bastante rico– y el café es bueno, algo no muy habitual en Londres; y además es barato. Resulta muy divertido ver cómo la señora se conoce a todos los trabajadores que van por la mañana a recoger su take away breakfast: Tony, Charly, Robert... Los llama a todos por su nombre y tiene preparados dos o tres piropos para cada uno, cada mañana. Después de uno de estos sustanciosos desayunos, el día de tesis es coser y cantar.
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| En el tea room del faro de Dover, con Tiago (izquierda) y Antonio (derecha) |
Por lo demás, intento pasar muchas horas en mi biblioteca, la Maughan Library. Mi tarea es escribir y escribir, leer algo que me falta para coger esta idea o aquella otra, y seguir escribiendo. Últimamente, en el descanso de la comida suelo reunirme con Fede, un italiano que ha venido a Londres a hacer un curso en la London School of Economics (LSE) y que vive en Netherhall. Otros días nos reunimos algunos más, cada uno con su “triste sándwich” o lo que buenamente haya podido comprar para comer ese día. El camino hasta la LSE es corto, pero me permite encontrarme con mi amigo, santo Tomás Moro. Ahí me lo encuentro siempre: subido a su hornacina, quieto, callado; yo le miro y él me mira. Después de comer con Fede o con la panda de la LSE –y de dar las buenas tardes a Moro– es más fácil volver a la biblioteca y apurar las horas que me quedan hasta la tarde, cuando vuelvo a Netherhall para la cena.
El viernes pasado, después de un día intenso de biblioteca, me debatía entre trabajar un poco más en Netherhall o ir a emborracharme a un pub cercano. Finalmente fue Chema quien me animó a escoger la segunda opción: fuimos a Freemasons Arms, en Hampstead, a beber una buena pinta de cerveza con algunos más de la casa. El día siguiente, sábado, fue muy tranquilo. Por la mañana cogí por los cuernos a una de las pesadillas que me persiguen estos días: preparar las guías docentes para las asignaturas que el año que viene voy a impartir en la Universidad Rey Juan Carlos. Me hace una ilusión tremenda empezar a dar clases, pero la parte burocrática del asunto se me atraganta. Menos mal que al día siguiente –es decir, hoy– he ido con Antonio, mi director de tesis, y con Tiago –un portugués que vive en Netherhall, mencionado anteriormente por “el cronista de Pozuelo”– de excursión a Dover.
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| Una pintura urbana del famoso Bansky, en Dover, sobre el Brexit |
Por aquello de ser precavidos, hemos asistido a una Misa temprana en el famoso Oratorio de Brompton Road. El pequeño detalle es que era una Low Mass celebrada según la forma tradicional –dicho técnicamente, “la forma extraordinaria del rito latino”– anterior a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Sin duda es una liturgia más rica y compleja, pero al ser low (no solemne), el sacerdote hablaba para el cuello de su camisa y solo contestaba el monaguillo. Qué le vamos a hacer, la Iglesia suple. El resto del día ha transcurrido por los acantilados de Dover: un paseo estupendo –contemplando la costa de Francia en la distancia– y coronado con una buena taza de té en la tea room del faro de Dover, mientras Antonio recordaba –entre risas y anécdotas– las palabras del Enrique V de Shakespeare en la batalla de san Crispín. “Nos pocos, nos felices pocos, nos banda de hermanos...”.
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| Un delicioso afternoon tea después de una larga caminata |
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| Dover, ¿la última frontera del mundo civilizado? |
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