Una tarde de primavera, un periodista de la alta sociedad romana, un juerguista llamado Jep, está en la terraza de su casa con sor María, una anciana monja llena de arrugas. Ella le pregunta por qué nunca escribió más libros después de aquella novela, y él le responde con pena: "Buscaba la gran belleza, pero no la he encontrado". El lector cinéfilo situará en su cabeza esta escena de
La gran belleza, que me sirve como introducción a estas líneas. Podría decirse que el asunto de la belleza es un hilo conductor de mis días en Roma, pero esta última semana ha estado más presente si cabe.
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| Buscaba la gran belleza. Foto de Marcial Núñez. |
El domingo pasado me uní, junto con mis amigos Marcial y Andrés, a una larga caminata en homenaje a la película citada, dirigida por Paolo Sorrentino. Resulta que Marcial —a quien conocí durante mis primeros días en Roma, en la comida posterior a la defensa de tesis del otro Andrés, el pirata— es un forofo de esta película, y hace un par de semanas me propuso hacer juntos una passeggiata que recorriera algunos de los lugares más emblemáticos que aparecen en sus escenas. Esta ocurrencia, que cualquier otro hubiera considerado como algo raro o friki, me pareció muy atractiva, y días después Marcial animó a Andrés a que se nos uniera. Dicho y hecho, nos reunimos el domingo por la mañana, con ropa de deporte, y empezamos nuestro recorrido: Villa Giulia, Villa Borghese, Via Veneto, Palazzo Barberini, el Coliseo y alrededores, y, por último, la colina del Aventino, donde nos detuvimos a comer en modo picnic (jamón, queso, pan, cerveza y chocolate negro, qué más se puede pedir) en el precioso Giardino degli Aranci, un pequeño parque lleno de naranjos que limita con la iglesia de Santa Sabina y tiene una de las vistas más espectaculares de Roma.
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| De derecha a izquierda: Marcial, Andrés y yo en el picnic. |
Fue una caminata en toda regla, de unos veinte kilómetros, creo. Durante nuestras sucesivas paradas íbamos comentando escenas de la película, a veces viéndolas en el móvil, al tiempo que nos lanzábamos unos a otros reflexiones sobre nuestras vidas, sobre lecturas recientes o qué sé yo. La conversación se iba trabando a partir de estos mimbres, y de cuando en cuando era interrumpida por alguna visión que se nos descubría en un callejón, tras una esquina o al bajar una cuesta. Un tema recurrente fue cómo crecer en libertad en nuestras propias vidas, unido a cómo vivir con más pausa, con un estilo contemplativo que nos ayude a estar abiertos a las cosas. Suena a fumada, pero tal vez no lo sea tanto. Pienso que la experiencia de la belleza —ya sea un paisaje, una obra de arte o simplemente la luz del sol— es algo que nos va cambiando por dentro, sin que nos demos cuenta, y nos prepara para disfrutar de las cosas buenas. Cuando parecía que el paseo había concluido, y casi habíamos llegado a la Piazza del Popolo, Marcial nos detuvo, "¡Mirad!". Nos dimos la vuelta, y ahí estaba: la cúpula de una iglesia, rodeada de cipreses, coloreada por la luz naranja del ocaso.
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| Una cúpula barroca al atardecer. Foto de Marcial Núñez. |
Otra experiencia memorable de la semana fue la visita del día anterior, sábado, a la Centrale Montemartini, por recomendación de mi tía Icíar. Se trata de un museo de escultura antigua ubicado a las afueras de la ciudad, en la Via Ostiense, dependiente de los Museos Capitolinos. El espacio es una fábrica termoeléctrica de hace más de cien años convertida en museo, de modo que las estatuas de mármol conviven con manivelas, depósitos, cañerías, relojes y ruedas de la vieja fábrica. Creo que el contraste funciona, e incluso realza las formas de las estatuas. Las hermosas figuras de Afrodita, Apolo, Dioniso, Asclepio, Marsias y otros personajes mitológicos revelan su perennidad frente a los engranajes de una época industrial, pasajera. No es un museo muy conocido, por lo que no había demasiada gente y pude pasear por él con toda calma. Era de noche cuando cerraron, y decidí recorrer unos cientos de metros de la misma calle para visitar el restaurante Al Biondo Tevere, donde acudía con frecuencia a cenar el cineasta Pier Paolo Pasolini. Fue allí donde cenó una noche de noviembre de 1975, antes de ir hacia la playa de Ostia y ser asesinado por unos matones. Qué menos que rezar un avemaría por su alma, pensé, y así lo hice.
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| Estatua de Dioniso junto a la cristalera de la fábrica. |
Jep decía en la película que no había encontrado la gran belleza; su interlocutora, sor María, parece que sí. "¿Sabe por qué sólo como raíces?", le pregunta la anciana a su acompañante, y continúa: "Porque las raíces son importantes". En nuestro picnic en el Giardino degli Aranci, Marcial, Andrés y yo estuvimos dándole vueltas a esta frase, y hablamos de cómo regresar a los lugares de donde venimos —Paraguay, el Puerto de Santa María y Las Arenas, respectivamente— nos ha ayudado a reconocer quiénes somos. Hoy martes, fiesta de san José, he vuelto a darle vueltas a la frase. Por la mañana me han invitado a la Misa celebrada por el Padre en la casa central del Opus Dei, Villa Tevere, y, tras pasar la mañana escribiendo algunas líneas en la biblioteca, he sido invitado allí a comer. Qué extraño sentirme en casa, pensaba, en un lugar tan lejos de mi casa, y que las personas con las que he estado en la Misa y más tarde en la comida me traten como a su hermano. Algunas raíces no se ven, pero están ahí, y son importantes.
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| El restaurante de Pasolini, Al Biondo Tevere. |
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| Por las callejuelas de Roma. Foto de Andrés Jiménez. |
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