Después de unos cuantos años sin escribir en este blog, desde verano de 2019, lo retomo con la ilusión de contar al paciente lector algunas anécdotas de mi estancia en Roma, que comenzó el pasado domingo 28 de enero. No soy muy previsor a la hora de hacer la maleta, y, cuando el domingo por la mañana tardé apenas un cuarto de hora en prepararla, me dije muy ufano que me deberían dar un premio o algo parecido. Horas más tarde, cuando el avión se disponía a despegar en Barajas, y yo me encontraba embutido en mi asiento (no hay otra expresión más ajustada para las condiciones de los aviones hoy en día), vino a mi mente, no sé exactamente cómo, la imagen fatídica: ¡Los calzoncillos, no los he metido en la maleta! Todo mi orgullo cayó por los suelos, y enseguida pensé en el despiste que de vez en cuando se cuela en mi vida. También me acordé del filósofo Tales de Mileto, que se cayó a un pozo por andar mirando las estrellas, provocando la risa de una esclava tracia. Miré a mi alrededor en el avión, y a lo lejos creí distinguir la sonrisa burlona de una mujer, no sé si tracia o de Moratalaz.
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| El Panteón de Agripa, cercano a mi Universidad |
La llegada a mi casa romana también tuvo algo de emoción. Desde el aeropuerto de Fiumicino cogí el expreso a Termini, hasta ahí todo correcto, pero al llegar a la mítica e inmensa estación —que dio nombre a una película de Vittorio de Sica con Montgomery Clift— vi que los buses que me llevaban a mi casa eran inexistentes o acumulaban un retraso notable. Media vuelta, un metro hasta la Porta Flaminia, colindante con la Piazza del Popolo, y luego a caminar un buen rato, como un pobre esclavo tracio con sus bártulos a cuestas, hasta el barrio del Parioli, donde vivo. Allí me esperaban Germán y José Miguel, también llamado 'Chato', dos agregados de la Obra, españoles, con algunos años más que yo. También viven en la casa dos estudiantes que se han ido esta semana: uno, Ángel, porque acabó su estancia en Roma; el otro, Francisco, por traslado a una residencia universitaria. He de decir que la casa donde vivo está en un lugar privilegiado de Roma, bastante apacible, y es muy amplia. Además, Ángel me vendió su bicicleta por cuatro perras antes de regresar a España, por lo que dispongo de una flamante bicicleta de paseo negra (con un poco de roña y muelles chirriantes, todo sea dicho) con la que bajo a la urbe por la cuesta de Bruno Buozzi cortando el viento matutino, imaginando que soy el Guido Orefice de La vida es bella o algo así.
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| La celebración del doctorado de Andrés en Jazz Cafè |
Los primeros dos días en Roma estuve un poco colgado, ya que todavía no me habían hecho el carnet para poder trabajar en la Biblioteca de la Pontificia Università della Santa Croce, la PUSC, que es mi base de operaciones. Así que me dediqué a deambular un poco, y fui un par de veces a la Basílica de San Pedro, al Panteón de Agripa, al lago de Villa Borghese y a rezar junto a la tumba de san Josemaría, el fundador del Opus Dei, en Villa Tevere, un lugar tan pequeño como pintoresco donde siempre que voy me siento en casa. Otro hito importante del segundo día en Roma, martes, fue poder asistir a la defensa de la tesis doctoral de mi amigo Andrés en la PUSC, que trataba sobre un tema que me resulta conocido y querido: la filosofía de Stanley Cavell, un estadounidense fallecido recientemente a quien estudié para mi tesis. Creo que era, junto con Andrés, el único en la sala que había leído algo de Cavell. Ajenos o no a este filósofo tan singular, su reivindicación de la conversación entre amigos enseguida se nos contagió a todos; acabamos tomando pizzas y cervezas mientras hablábamos de películas y recuerdos compartidos en Jazz Cafè, un sencillo restaurante cercano.
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| Todas las mañanas atravieso en bici la Piazza Navona |
Termino esta primera crónica romana con un rasgo sorprendente de estos primeros días. Más de una vez, y más de dos, me ha ocurrido encontrarme de pronto con una persona conocida. De estos encuentros destacaría el del lunes pasado, cuando caminaba por Via del Corso a comprar un bocadillo de porchetta y de repente alguien gritó mi nombre: era Riccardo, un chico italiano a quien conocí hace ocho años cuando estaba en Madrid de intercambio universitario. Un tipo muy simpático, que además me ayudó a comprar los dichosos calzoncillos. El segundo encuentro pasmoso fue ayer, jueves: cerca de mi casa, en una calle cualquiera del Parioli, me encontré con Mónica, quien fue profesora mía en la Facultad de Comunicación de Navarra. Estuvimos charlando brevemente y quedamos en tomar un café dentro de poco. La prima cronica è finitta, ci vediamo presto!



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