miércoles, 1 de agosto de 2018

El regreso del bosque

Hace ya unos cuantos años, el 4 de julio de 1845, un fabricante de lápices llamado Henry David Thoreau (de Massachusetts, Estados Unidos) decidió distanciarse del mundo civilizado para vivir en una cabaña –construida con sus propias manos– en los bosques junto a la laguna de Walden. Dos años, dos meses y dos días después, regresó del bosque a la civilización. “Dejé los bosques por una razón tan buena como la que me llevó allí”, escribía. ¿Y cuál era esta razón? Thoreau no fue a los bosques para quedarse, sino para cambiar: para aprender a ver (a mirar en mundo con nuevos ojos) y llevar lo aprendido a sus vecinos, junto a los que volvía. Comentando esta idea, un pensador más reciente escribe: “El héroe parte de su cabaña y marcha hacia un bosque desconocido de cuyos misterios obtiene una bendición que devuelve a sus vecinos”.

El pequeño Walden de Lincoln's Inn Fields

Se preguntará el paciente lector, una vez más, a santo de qué escribo sobre un fabricante de lápices excéntrico y sobre su aventura en los bosques. En el último año mi tesis doctoral me ha llevado a encontrarme (una y otra vez) con Thoreau y con su libro sobre la vida en los bosques: Walden. Creo que tiene unas cuantas enseñanzas valiosas, entre ellas la que acabo de mencionar: todos, tarde o temprano, tenemos la necesidad de retirarnos a Walden (sea este o aquel, hay tantos como personas); no para quedarnos, por muy tentador que sea, sino para regresar. Pienso que las escapadas veraniegas a Inglaterra de estos últimos tres años –a las que hoy pongo punto y aparte (o punto y seguido, quién sabe)– no han sido solamente un requisito para lo que llaman “doctorado internacional”; también han tenido para mí algo de Walden: he tomado distancia, he aprendido y he conocido a personas muy interesantes. He hecho acopio de “reservas de mundo”, como dice el escritor Jiménez Lozano.

La iglesia anglicana de St Martin-in-the-Fields

Los últimos días en Londres han sido un poco diferentes al resto del mes, pues mi madre y mi hermano Jaime han venido a pasar unos días conmigo. Hemos hecho todo tipo de plantes juntos; el primero de todos, la visita al singular mercadillo de Portobello Road, que siempre trae a mi cabeza la película La bruja novata y la pegadiza canción sobre este mercado: “Potobello Road, Portobello Road / Donde se vende y se compra hasta el sol / El que quiera deshacerse de algo que usó / Que venga a venderlo a Portobello Road”. No le faltaba razón a la película; las callejuelas de Portobello un sábado por la mañana están llenas de los chismes y cachivaches más insospechados: desde cámaras fotográficas de hace casi cien años a teteras estampadas, inservibles manuales de frenología o uniformes militares. También he vuelto con ellos al palacio de Hampton Court, donde nos encontramos con el mismísimo Enrique VIII en una acalorada discusión con su sibilino ministro, Thomas Cromwell. Además, hemos paseado por The Mall, South Kensington, Covent Garden, las galerías del Victoria & Albert... La guinda del pastel fue ir a ver la obra de teatro La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, una lección de humor british con actores de nivel y entradas a un precio bastante asequible.

Algunos cachivaches en Portobello Road

Más chismes de Portobello...

... y más chismes.

En estos días me he despedido de bastantes personas. De todas las despedidas, tal vez la más singular fue la de la cafetería Ideal Sandwiches, donde he ido a desayunar casi todos los días. Había ido creciendo un simpático colegueo con los camareros y camareras, y me parecía mal no despedirme de ellos. Cuando les dije que era mi último día, empezaron a preguntarme cosas sobre Bilbao y me regalaron un pastel de nata. Como yo no sé hacer pasteles de nata, les di unas estampas de san Josemaría Escrivá; me pareció lo propio, sobre todo cuando le había dicho días antes a la camarera que yo era del Opus Dei. Se mostró agradecida, pero no me fijé en la posible cara de póquer del resto; tampoco sé si se quedaron con alguna de las palabras de la breve explicación que improvisé. Gente muy simpática, en cualquier caso.

El mismísimo Enrique VIII en Hampton Court

También me he ido despidiendo de algunos de los residentes de Netherhall; aunque este año he mantenido un perfil bajo en la residencia, pues todos los días estaba de aquí para allí; y los fines de semana me los pasaba fuera, haciendo excursiones o planes del estilo. Sí que he trabado una especial amistad con Tom, a quien el lector recodará del último post de este blog. Se fue hace unos días de vuelta a su casa en Liverpool, pero ayer me enteré de que había dejado en Netherhall un libro para mí (no sé si en préstamo o para siempre), relacionado con alguna de las conversaciones abstrusas que habíamos tenido: The Death of Adam, una colección de ensayos de mi admirada escritora Marilynne Robinson. Y no me alargo más: ha llegado el momento de concluir estas líneas. Me despido, esta vez con incertidumbre, pues nada me dice que vaya a volver el próximo verano a Inglaterra. Estoy muy agradecido a Dios por estos tres veranos; es hora de regresar del bosque y devolver la bendición que he recibido a mis vecinos.

Té con victoria sponge en el tea room de Hampton Court

La Union Jack en The Mall

La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde

No hay comentarios:

Publicar un comentario