jueves, 4 de julio de 2019

Solo en casa

“Te creo, pero mi ametralladora no... Corre porque voy a contar hasta tres, ¿me entiendes? Voy a contar hasta tres para que salgas echando mistos por la puerta... ¡Uno, dos...!”. Algo así decía la película que ponía una y otra vez, a todo volumen, el niño de Solo en casa para ahuyentar a los extraños. Lo digo porque estos días, hasta el sábado, yo también estoy solo en casa, como la mítica película de Macaulay Culkin que tantas veces me tragué de pequeño en VHS. Mi amigo Wency ha cogido las maletas y se ha ido con una familia amiga que vive en Algeciras: le recomendaron que tenía que descansar y tomar el sol, y allá se ha ido.

La pregunta con la que me topé al llegar al aeropuerto de Heathow

Yo también abandoné estas tierras de la Gran Bretaña por unos días, la semana pasada. Como recordará el atento lector, tuve que regresar a Madrid para poner los exámenes de recuperación en la Universidad; una de las tareas menos agradecidas del profesor. En mi caso, hubo muchos que no vinieron, y ahí me quedé yo esperando, como decía el narrador de Casablanca: “Pero los otros esperaban en Casablanca... y esperaban... y esperaban... y esperaban...”. Mis días en España fueron bastante intensos: doy gracias a Dios porque vi a unos cuantos familiares y amigos. Entre un desayuno por aquí, un café por allá o una comida por acullá pude encontrarme con algunas personas queridas y conversar con ellas con cierta tranquilidad. “¡Siempre desde la conversación, Pablo!”, sabia frase que le gusta decir a Carlos, un amigo que pronto se irá unos meses a México de Erasmus. El fin de semana cogí un autobús de ALSA para ir a Bilbao y poder pasar un tiempo con mi padre: Bilbao estuvo muy bien, pero acabé un poco mareado de recorrer la meseta hacia el Norte y vuelta. Al menos pude bañarme dos veces en la playa de Ereaga, muy cercana a donde vive mi padre, y tumbarme en la arena a disfrutar de mi novela.

Vistas del Cantábrico desde la playa de Ereaga

Mi regreso a Londres no tuvo nada de particular. Sí que llegué con la ilusión de acometer la segunda parte de mi estancia, llevando unos cuantos proyectos en la cabeza. Mi llegada a Brunel University, al día siguiente, fue de lo más original: me encontré con una chicha ciega que estaba buscando su Hall (es decir, su residencia) y me ofrecí a ayudarle. Una situación curiosa cuanto menos: quien me hubiera visto de la mano con aquella estudiante de origen indio podría haber pensado cualquier cosa. Finalmente llegué a mi pequeño despacho, donde estaba el señor Masahiro; cualquiera diría que no se había movido de ahí, pegado a su libro en japonés con complejas fórmulas de macroeconomía. Cada día estoy más convencido de que Masahiro es una gran persona: el otro día me contó que le estaba costando mucho encontrar un colegio especial para su hijo con autismo y que, si no lo encontraba para dentro de un mes, tendría que pensar en cancelar su año sabático y volver a Osaka. “Mi hijo es la primera prioridad en nuestra familia”, me dijo.

He vuelto a la rutina de preparar los sándwiches por la mañana

En cuanto a estar solo en casa, a veces se lleva mejor y otras peor. No es fácil estar solo (“No es bueno que el hombre esté solo...”, ya lo decía Dios en el relato del Génesis). Creo que la soledad prolongada te puede ir haciendo raro poco a poco, sin que apenas lo notes; por eso intento ir a la Universidad, al British Film Institute, a Westpark, el centro de la Obra. Ayer y hoy me han invitado a cenar en Westpark. El director de la casa, Stephen, me animó a que no me quedara colgado en casa y que fuera allí a cenar y a charlar un rato con la gente que vive allí. Ha sido un encuentro muy grato, donde he vuelto a ver de cerca que el Opus Dei es una familia. Por otra parte, en mis trayectos en autobús sigo contando con la compañía del maestro Juan Martínez, protagonista de la increíble crónica de Chaves Nogales sobre un bailaor de flamenco en la revolución bolchevique. Tengo que reconocer que últimamente el libro se está volviendo un poco truculento, debido a los detalles que da acerca de lo dura que fue la revolución rusa, y me suelo bajar del autobús con el estómago de punta, pensando que un guardia rojo me va a dar un bayonetazo a la vuelta de la esquina.

El jardín de mi casa, hoy al anochecer

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