jueves, 19 de julio de 2018

Encuentros en la tercera cerveza

Reconozco que nunca llego a la tercera cerveza cuando quedo con gente aquí en Londres; simplemente quería hacer un guiño a la película de Spielberg. La realidad es que mi umbral de aguante es bastante bajo; sobre todo en Inglaterra, donde al pedir una cerveza el camarero da por hecho que quieres una pinta, y que no será la última. Sacaré al apreciado lector de dudas diciéndole que he escogido este título porque, desde que escribí la última entrada en el blog, los encuentros con colegas y amigos se han sucedido a un ritmo acelerado: por ello no te extrañes, querido lector, que este sea el principal tema que ocupe los párrafos que siguen.

Londres desde el puente de Waterloo, de camino al BFI

El primer encuentro, está vez sin cerveza, fue el miércoles de la semana pasada. Fui por la mañana al despacho de Catherine, mi supervisora de King’s College, con quien había quedado para hablar un poco sobre mi tesis. La última vez que nos habíamos encontrado fue en noviembre, en un congreso sobre cine y cristianismo en Lisboa al que ella me invitó a acudir, y que fue muy interesante. Entonces me dijo que estaba esperando un bebé; y ya le quedará poco, según constaté el otro día. La reunión fue bastante provechosa –salieron ideas, libros, películas– y hemos quedado en tener una segunda reunión la semana que viene, para comentar con más detalle un capítulo que estoy escribiendo en inglés. Por otro lado, la visita a Catherine vino con sorpresa: al entrar en su despacho me encontré con Joe, otro doctorando de King’s, a quien conocí el año pasado. Joe me invitó a ir al día siguiente al BFI (British Film Institute) a tomar unas cervezas con algunos otros doctorandos de Film Studies de la universidad.

Ese jueves me encaminé, después de un intenso día de biblioteca, al BFI. Allí me encontré de nuevo con Joe y con algunos más, aunque no habían llegado todos: estaba Laurie, a quien conocí también el verano pasado, una doctoranda a quien me presenté y William, todo un profesor, aunque joven y por tanto algo enrollado con los alumnos de doctorado. Poco después llegó alguno más; George entre ellos, mi amigo gracias al cual pude venir por primera vez al King’s College el verano pasado. Sin alargarme más de lo debido –ni entrar en intimidades tal vez impropias en una entrada de blog– diré que fue un encuentro no solo agradable, sino también sorprendente. En concreto, mantuve un par de conversaciones que (desde luego) no esperaba tener en el bar del BFI, sobre cuestiones que rallaban la teología fundamental. Al decirle a William que estaba haciendo una tesis sobre Malick y que, en algunos capítulos, hablaba sobre la trascendencia de su cine, él inició sin pestañear una intenso diálogo sobre Dios, la Trinidad, la Iglesia católica, las mujeres en la Iglesia y otros temas del estilo.

Ayer miércoles se me echó la noche encima entre libros...

La segunda conversación tuvo como detonante el anuncio de Joe de que se iba a casar. Nada más felicitarle, Joe debió de fijarse en mi anillo y me preguntó si estaba casado. Tampoco esperaba semejante pregunta, y creo que me quedé en estado de bloqueo durante unos segundos. Algunos minutos después, el bloqueo había ido dando paso a una explicación por la que desfilaron cuestiones como la santidad de los cristianos de la calle, el Concilio Vaticano II, el celibato de los que no son sacerdotes ni religiosos... Teresa, la doctoranda que tenía a mi lado, me dijo que ella había vivido como católica hasta su adolescencia, pero que nada de eso le sonaba y que (seguramente) se había debido de perder algo. En una de sus respuestas concluyó con aplomo –y con bastante gracia– que yo debía de ser algo así como “una monja con chaqueta”, como dicen en la primera película de Este niño es un demonio. Unos días después el anillo me volvió a delatar: la camarera portuguesa a quien me encuentro a diario en la cafetería donde desayuno dio por supuesto que mi mujer y mis hijos se habían quedado en España mientras yo investigaba. Me pillaba en una hora temprana, pero volví a darle a la manivela, esta vez sin tantos detalles, y enseguida vi que le sonaba el Opus Dei. En fin, un anillo para sorprenderlos a todos...

El último encuentro digno de ser reseñado fue con mi amigo George, con quien quedé a comer en una cafetería (Fernández & Wells) situada en el patio interior de la majestuosa Somerset House. He ido conociendo un poco a George este verano y el pasado: es un londinense alternativo y bastante simpático; lo cual no quiere decir expresivo, porque casi ningún británico lo es. Los dos estamos a las puertas de terminar el doctorado, y eso ayuda a hacer piña. Además, mi amigo londinense suele ir a veranear a España cada año (a Nerja, donde se rodó Verano azul), por lo que siempre que me ve trata de chapurrear algunas palabrejas en español o me dice que últimamente ha desayunado “churows con coffee”. Un tipo simpático: espero volver a verle antes de mi partida. Dejo, para acabar, unas fotos de Aylesford, el pueblo al que fui de excursión el sábado pasado: allí se conservan los restos del carmelita san Simón Stock, a quien la Virgen María dio el escapulario del Carmen. Un giro un poco brusco en esta escritura de hoy, pero no quería dejar de poner estas fotos.

El pueblecito de Aylesford

Relieve de la Virgen María y san Simón Stock

El santuario de los carmelitas en Aylesford

1 comentario:

  1. Me ha parecido muy simpático el comentario de "Monja con chaqueta". Sigue manteniéndonos informados Pablo.

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