miércoles, 7 de junio de 2017

Judíos y griegos

El cartel de la cafetería del King's
“Puesto que por un mismo Espíritu fuimos todos bautizados como miembros de un mismo cuerpo, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres...”. Reconozco que me llamó la atención el cartel, tan casero y hortera (cheesy, que dirían por aquí), que colgaba de la pared de la cafetería de mi universidad. No es habitual, al menos en España, encontrar a alguien que te invite a leer la Biblia un domingo después de comer. Sería más habitual un cartel de “Ames a quien ames, Madrid te quiere” o, si acaso, la invitación a una conferencia sobre “Religión, patriarcado y violencia”, como la que me llegó hace poco al email. Al final va a resultar que los ingleses son gente buena.

Esa es la impresión que me llevo de estos primeros días en Londres: en casi todas las gestiones que he hecho hasta hoy he acabado por preguntar a una bibliotecaria o a un empleado del metro. Y siempre me han atendido con bastante amabilidad y –también hay que decirlo– he comprobado que tal vez tampoco ellos eran ingleses, al menos no en su origen. Lo mismo sucede en Netherhall, la residencia donde vivo; a medida que pasan los días y voy conociendo a más residentes, compruebo que el abanico de nacionalidades y creencias se amplía: bosnios, franceses, polacos, más italianos... La Misa de Pentecostés que celebramos el domingo pasado en el oratorio de la residencia me dejó boquiabierto: Jacob, el budista, cantaba en el coro como uno más y John, anglicano, se acercaba al sacerdote que repartía la comunión para recibir de él la bendición, en lugar de la eucaristía. En este sentido, el cartel de la cafetería se ajusta bien al paisaje humano de Londres: judíos y griegos, y de donde haga falta. Todos caben.

Vistas de Hampstead Heath, cerca de donde vivo
No puedo obviar el terrible ataque terrorista del sábado pasado, del que me enteré al día siguiente por la mañana, pues me había ido pronto a la cama. Mañana son las elecciones para el gobierno británico, y quizá sí haya una cierta tensión que flota en el ambiente. Tampoco es que yo sea el mejor termómetro, pues me paso las horas en la biblioteca del King’s College, pero por las mañanas y por la tarde me chupo un bonito trayecto en metro donde puedo ver los rostros de tanta gente y, sí, se percibe algo de tensión. A propósito de las elecciones, el sábado por la mañana salí a dar un paseo con Chema y Rafa por la zona que rodea la residencia –Hampstead, muy bonita– y nos encontramos con un joven laborista que, ni corto ni perezoso, nos pegó a cada uno una pegatina que decía “Open Britain” y nos dio un cartel del Partido Laborista para que, por favor, lo pegáramos en la ventana de nuestra habitación. A mí me hizo gracia el asunto, y no dudé en sacarme una foto con el cartel para dármelas por un tiempo de intelectual progre.

Por lo demás, la mayor parte del día la paso en la Maughan Library, donde he encontrado un rincón tranquilo y espacioso en una zona reservada a estudiantes de doctorado. A la hora de comer procuro salir del búnker donde estudio y tomar un poco de aire fresco en el jardín, donde me tomo mi meal deal, es decir, un triste sándwich con un zumo y algo de fruta. Es un poco cuelgue, para qué negarlo, pero es lo que hay aquí en Britania. Quién sabe, quizá un día de estos me una al grupo de Biblia mientras saboreo mi sándwich de pollo al curry o de atún con pepinillo.

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