martes, 26 de julio de 2016

“Life is a journey..."

“Life is a journey, not a destination”: La vida es un viaje, no una meta. El sugerente mensaje que llevaba estampado en vivos colores la bolsa de una chica en la Misa del domingo pasado me dio la idea para el título. Podría aplicarlo a mi situación inminente, ya que mis días oxonienses tocan pronto a su fin. Nostalgias aparte, quisiera contar algunos de los sucesos de la semana pasada. La vida en Oxford se ha convertido en una aventura durante estos últimos días: Pasen y lean.

La capilla de Blackfriars
Como primera nota voy a hablar sobre la invasión china que, al parecer cada verano, inunda las calles de Oxford. Es impresionante ver que, en cuestión de una o dos semanas, esta pequeña ciudad ha sido conquistada por nuestros amigos de ojos rasgados. Reconozco que a veces me resulta un poco agobiante: cada tarde, cuando salgo de la biblioteca alrededor de las seis, quedo sumergido en un tumulto de chinos que avanzan en grandes grupos, mirando hacia todos los lados con expresión de estupor y disparando sus cámaras a cualquier objeto, móvil o inerte. El otro día estaba comiendo mi triste sándwich en los peldaños del llamado “monumento a los mártires (protestantes)” cuando, de pronto, un chaval chino se puso a mi lado, en pie; miré un poco más allá y vi a una chica que le sacaba varias fotos. Lo primero que pensé fue que mi cara iba a quedar pronto enmarcada en algún salón o álbum a muchos kilómetros de distancia; y lo segundo que pensé fue: ¿Sabrá este chaval qué significa este monumento? ¿Sabrá quiénes son Ridley, Latimer y Cranmer y por qué fueron quemados en la hoguera por María Tudor? ¿Sabrá quiénes son los protestantes? Siento parecer pesimista, pero me desanima ver a esta gente sacar fotos aquí y allá, sin realmente pararse frente al objeto real que tienen delante: ¿Acaso la representación (la foto) puede ser un sustituto válido de la realidad? Es lo que parecen predicar los constantes disparos de sus cámaras. La cosa tiene miga, pero no voy a seguir por estos derroteros filosóficos.

Con Silvia y Antonio junto a The Eagle and Child
En mi descanso de mediodía, intento zafarme del tumulto chino y me meto a rezar un rato en la capilla de Blackfriars, el hall –como un college, pero más pequeño– de los dominicos. Este ha sido mi "refugio espiritual" durante muchos de estos días. Un lugar amplio, muy sencillo –apenas hay imágenes, las imprescindibles– y diáfano, donde se respira una gran paz. También por las mañanas, antes de entrar en la biblioteca, me asomo por esta capilla. Es entonces cuando me encuentro con un gracioso dominico que está rezando desde una tribuna elevada, al fondo de la capilla. El caso es que muchos de estos días, durante esos breves minutos, empezaba a escuchar unos sonoros ronquidos, procedentes de la tribuna. Dicen que es agradable a Dios el sueño de los justos…

Entre otros sucedidos de la semana, destaco la visita de Antonio, mi director de tesis, el lunes pasado. Vino con Silvia, otra profesora de Madrid, que también estaba esos días por Inglaterra. Fue un encuentro muy grato: merendamos café y pastelillos Brown’s y Silvia nos contó que la editorial Espasa –nada menos…– le va a publicar la novela en la que había estado trabajando durante estos últimos años. Después de dar un pequeño paseo los acompañé al autobús, aunque a Antonio le he vuelto a ver este último fin de semana. También he podido quedar con algunas otras personas para comer o tomar algo, todo con un cierto aire de despedida: hace unos días quedé con Nathan –un amigo que está terminando su doctorado en filosofía política– para tomar una pinta de cerveza en The Lamb and Flag –uno de los pubs más conocidos de Oxford– y hoy he comido con Alex –que vive en Grandpont– en el Covered Market.

Uno de los pubs que encuentro cuando salgo a correr
Sin duda el suceso más milagroso de la semana ha sido el rato de deporte del jueves pasado: llevado por la necesidad de oxigenar la cabeza, salí a correr por segunda vez. Es una gran ayuda que noto especialmente al día siguiente, cuando me pongo a escribir. Pienso que, para mí, salir a correr es como meter monedas en una máquina de morcillas. Si meto una moneda, sale un trozo de morcilla; si meto otra, sale un poco más. Así, si corro una tarde, al día siguiente salen dos o tres páginas de artículo; si corro otra tarde, salen otras tantas páginas. Esta es mi tarea y no otra: fabricar morcillas.

El sábado pasado volví a viajar a las afueras de Londres para asistir a un pequeño retiro espiritual en Westpark, el centro del Opus Dei en las afueras de Londres. Volví a ser acogido por el hospitalario Wency, quien también me llevó ese día a degustar una fabulosa (y picante) comida india y a cenar, junto con otros amigos, a un “tapas bar” estilo español, y digo “estilo” porque no llegaba a más… Al día siguiente fui con Antonio –mi director de tesis– de excursión por Londres: Misa en St Etheldreda –una iglesia católica muy antigua, cuya Misa con coro te eleva a otro nivel–, paseo por la city, un jugoso “sunday roast” en un pub, vísperas cantadas en la abadía (anglicana) de Westminster y visita a la Tate Gallery. Nunca había estado en la Tate: un lugar maravilloso, especialmente si uno quiere contemplar las lánguidas pinturas pre-rafaelitas o los bocetos y acuarelas del atormentado visionario William Blake. Y hasta aquí por hoy; de todos modos, espero no terminar aquí esta crónica y poder entregar al lector una coda final de mis días oxonienses.

"Cristo en casa de sus padres", el cuadro que más me gustó de la Tate

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